lunes, 30 de marzo de 2009

Ultraterreno: Comunión con las Estrellas

Otra vez vamos con Ultraterreno. Y si, terminaré sacando un libro de retazos de prosa grasienta como es la mía, respecto a esto xD

Hoy voy a hablar (o mejor dicho, a escribir) de la unión entre nosotros, motas de polvo cósmico, con el resto del universo. Bien es sabido desde hace eones que el hombre es en sí unidad de un todo en demasiados sentidos como para enumerarlos (tampoco vienen al caso), y se conoce (y se puede inclusive sentir, si buscan testimonios a priori) que nosotros conformamos el Universo que nos rodea. Somos parte de un todo, mal que nos pese a algunos, bien que nos guste a otros. Lo que reside en nosotros y es único, inequívoca e irónicamente, somos nosotros mismos. Pero no nos vayamos por las ramas, y a hablar un poco de lo que realmente quiero escribir, y lo voy a hacer desde una linda experiencia que me tocó vivir esta misma noche.

Hoy tuve un particular Domingo, y lo pongo con mayúscula no porque sea un sustantivo propio, sino porque fue un Domingo de sol a sol. Me levanté con las energías consumidas, como si fuese un reloj parado que no consiguiera volver a arrancar y a retomar mi ritmo natural. Hice todo lo que hice (desde suplir mis funciones naturales a permanecer encerrado en la lectura), únicamente por el puro instinto de la rutina. Fue un Domingo apestoso, de esos días que solamente querés que pasen de una vez y con los que te sentís en discordancia con todo lo que te rodea.

Rondando las diez de la noche, encendí un sahumerio y salí al patiecito de mi casa. Dentro había demasiado ruido (no eran sonidos, era Ruido, molesto y atroz), olores y distracciones como para poder hallar la paz, volver a encontrar mi centro, poder tranquilizarme. Tenía un humor de perros y necesitaba despejarme de todo y todos.
Mi patiecito era la opción más cercana y viable, puesto que meditar en mi lecho probablemente resultara demasiado asfixiante. Con mi sahumerio humeando en la punta, mordisqueando su palillo perfumado, busqué una silla no demasiaod fiel, más sí cómoda, y levanté los pies sobre la mesa.
La noche estaba hermosa, en plena función de su majestad. Los sonidos, ahogados por el silencio que predominaba ahí, solamente eran apoyados por las luces que hubiese deseado apagar, pero preferí dejarlas intentar quemar a las estrellas. Aquellas mismas estrellas que me habían mirado, como seguro te miraron a vos, con esos ojos ciegos eternos, ojos que quizás ya dejaron de existir hace tanto que no podríamos concebirlo.
No pudieron. No importa lo fuerte que brille una luz, jamás puede cegar u opacar la única luminosidad de las estrellas. El vacío negro del espacio contrastaba perfectamente con mi humor y estado, y simplemente me dejé llevar en aquella meditación conciente.

Sentí a los ocupantes de mi casa, activos y caóticos.
Sentí mi propio corazón, latiendo con espasmos violentos.
Sentí el olor del aire aromatizado, bello y extrañamente ritual.
Sentí la frescura de ese mismo aire, completamente plagado de suavidad.
Sentí, como se sienten las premoniciones, que algo estaba entrando dentro de mí.
Sentí que yo lo estaba pentrando también.

Me dejé invadir por aquel océano que me ahogaba y me llenaba los pulmones con aquel extraño, conocido y familiar oleaje. Y me encontré, de ojos abiertos aún en mi patiecito, bañándome en un océano mucho más vasto que cualquiera que pueda volver a ver en mi vida. Ese mismo océano que me había abrigado en tantos campamentos, ese mismo que ahora requería mi presencia como yo la había convocado, con una muda e insconsiente llamada de auxilio y ayuda.

Ese otro ser, la Madre Noche, volvió hacia mi con la misma paz y certeza de siempre.
Disfruté de su presencia mientras pude y debí: no se debe abusar jamás de la ayuda prestada sin ser pedida, puesto que hay que saber ser agradecido. Cuando mi sahumerio se terminó, lo arrojé a un lado y despegué por primera vez la mirada del cielo nocturno: debajo, en la penumbra del patio lateral, adiviné la bestia de ojos centelleantes que acompañaba a la Madre siempre que se me manifestaba. Fue fugaz como una estrella que cae, pero la ví y en su visión recordé cuánto me aterraba de chico, y recordé cuándo fue que aprendí a respetarla y apreciarla, en cierto sentido.
La Madre Noche no se despide jamás, solamente se distancia. Siempre está presente cuando se la requiere y jamás falta a la convocación, aún aquella que no es pedida. Y gracias a ella, esta noche se me presentó muchísimo más pasable.


Espero que les agrade la lectura de Ultraterreno, porque parece que escribo para nadie y termino delirando como un loco, que es probablemente lo que sea.

Pero díganme, ¿Acaso nunca se perdieron mirando un cielo estrellado, o se sintieron condenadamente bien paseando mientras las sombras de la Noche te envuelven?


Esa es Mamá Noche mimando a sus Hijos.


Un abrazo y, como siempre, los comentarios son bienvenidos

1 comentario:

  1. Soy un ciervo: de siete púas,
    soy una creciente: a través de un llano,
    soy un viento: en un lago profundo,
    soy una lágrima: que el Sol deja caer,
    soy un gavilán: sobre el acantilado,
    soy una espina: bajo la uña,
    soy un prodigio: entre flores,
    soy un mago: ¿quién sino yo
    inflama la cabeza fría con humo?
    Soy una lanza: que anhela la sangre,
    soy un salmón: en un estanque,
    soy un señuelo: del paraíso,
    soy una colina: por donde andan los poetas,
    soy un jabalí: despiadado y rojo,
    soy un quebrantador: que amenaza la ruina,
    soy una marea: que arrastra a la muerte,
    soy un infante: ¿quién sino yo
    atisba desde el arco no labrado del dolmen?
    Soy la matriz: de todos los bosques,
    soy la fogata: de todas las colinas,
    soy la reina: de todas las colmenas,
    soy el escudo: de todas las cabezas,
    soy la tumba: de todas las esperanzas.

    Adaptacion de R.Graves

    ResponderEliminar

Críticas, dudas, comentarios, curiosidad, insultos... cualquier cosa que deseen comentar.-