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martes, 22 de junio de 2010

Sobre Renguear


Menos problemas se puede hacer uno si renguea, tranquilo, delante de las fauces que iban a devorarlo. No tiene caso abalanzarse sobre un animal rengo; sea porque ya otro lo ha herido antes, o porque costará trasladarlo hacia el hogar.

Pero tampoco es sencillo renguear, ni tampoco es de solución fácil o breve. Huelga decir que ya, al imitar un andar entorpecido, tenemos que entorpecernos a nosotros mismos y, con esto, estar negando abiertamente los dones propios que nos otorgó la madre naturaleza. Por otro lado, el entorpecimiento premeditado no es de sencilla ejecución; la gran mayoría de nosotros piensa que si, y no es así. Estamos tan acostumbrados a una sola rutina cinética, que poco podemos hacer al repetir un movimiento espontáneo. Donde está la dificultad en repetir la espontaneidad? Precisamente en eso, en tener que hacer rutina y meternos en las venas un movimiento que, es mejor y lo creemos así, sacamos usualmente de la galera.

Todo nos lleva al quid de la cuestión, o a la manzana que corona el pastel; para que renguear en un primer momento?

Este texto, embrutecido en repeticiones e introducido sin preámbulos, puede resultar de difícil digestión en un primer momento, pero siempre se le puede echar encima un poco de caramelo, o alguna salsa curiosa que nos haga más sencillo el ablande de lo tosco que se vuelve, al tropezarse entre rincones y medianoches.

Renguear, decía, es una manera sencilla de pasar delante de los depredadores sin correr la desgracia de poder suscitar su hambre. Claro está que los depredadores no son tales y que se les puede poner miles de nombres, pero yo solamente soy el que hila las metáforas y no el que da verdaderos significados.

Renguear, también dije, no es tan sencillo como parece, aunque no me voy a detener en estos puntos considerando que ya fueron explicados antes.

Renguear... porqué renguear?

Si vas al caso, podés hacerles frente a los depredadores (dejemos de llamarlos así y resumámoslo en leones), hacerlos retroceder y dejarlos sin aliento, mientras vos, herido y cansado, podés pasar tranquilo al coste de algo de vigor físico. Claro, también podés renguear.

Los leones jamás van a comerse a un rengo. Y vos, con la suficiente práctica, podés ahorrarte todo el problema físico y los moretones y, algún dia, los zarpazos en el lomo.

Pero renguear es de cobardes, es de cómodos, o es simplemente otra manera de enfrentar a los leones?

Creo que nunca, jamás lo sabremos hasta que juguemos a la rayuela delante de sus hocicos, o hasta que nuestra pierna derecha se reduzca a poco menos que un hueso, o hasta que tengamos que usar un apoyo extra para poder desplazarnos.

Triste lozanía la del rengo de mentiras.

Libido lívido




Este juego de palabras me refiere instantáneamente a muchísimos casos y situaciones, específicamente a las de gente que, o bien carece de libido, o tiene una carga tan poco significante que no puede caberme en la cabeza el hecho de existir sin él.


Para mi, la carga libídica es algo tan natural y asumido de mi naturaleza humana como lo son mis sueños y mis piernas, y no creo que pudiera vivir sin ninguno de ellos; o bien, para no ser exagerados, viviría una vida miserable.


Si bien puedo empezar a enumerar casos que se me vengan a la cabeza (y no son pocos), tanto casos puntuales como instituciones que a lo largo de la historia se han encargado de suprimir la libido de los individuos, no lo haré por el hecho de que se convertiría en un escapulario de quejas, como son casi todos los textos que se refieren a esta clase de temáticas.


Solo voy a referirme a la libido como aquella parte nuestra, aquel fuego que late en nuestro corazón en ciertos momentos, las manos que se vuelven de seda en las noches, el roce de los labios que vuelve loco a más de uno.


Y es que con semejante propaganda y semejantes recursos lingüísticos apuntando a la pobre víctima de carga libídica inerte, es poco posible escapar a sus redes, y me desolla la mente el saber que existe gente así. No es para nada fácil el imaginarse conceptos poco comprensibles, y ser un poco exagerados al momento de concebir y transformarse, pero, sin temor a la humildad, digo que no me cuesta tanto imaginarme otra clase de cosas extremas, más que a cierta clase de personas.


Los que entierran a su libido son esa clase de personas que no puedo concebir.

Me imagino todo lo anterior, me imagino todas las provocaciones anteriores, me imagino toda clase de partenaires y de afrodisíacos, todo ese arsenal que la mente humana se ha esforzado en imaginar, crear y transformar a lo largo de todo este tiempo. Y para que? Para nada!


Gente sin esa clase de fuego, pero con otra clase de inclinaciones y otra clase de pasiones. Y es que, si sobre-entendemos que todas las pasiones beben de una sola fuente de empuje, nos resulta entendible que exista gente de esa manera. Puedo comprender que existan personas a las que les emocione la bibliotecología, aunque a mi me parezca un estudio aburridísimo; porqué me cuesta tanto concebir una persona que, al contrario de mí, no tenga ni una sola papila gustativa para el sexo?


Este texto va más allá de toda productividad y ya me parece lo suficientemente hueco como para terminarlo; los dejo con la imagen del cadáver de la libido, esa mujer alta y huesuda que todos conocemos, siendo velada por un puñado de personas que la despiden con una sonrisa.


Fuiste buena compañera, dicen, pero ya no te necesitamos más.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Máscaras sin Recortar


Todos nosotros contamos con un arsenal de máscaras, sea más o menos reducido, o más o menos variado. Las Máscaras, fuera de la teatralidad del término, son elementos de una necesidad casi primaria por el ámbito en el que vivimos; todos necesitamos lucir una y otra máscara, dependiendo del contexto, el individuo (se admite también ente) que tengamos delante, nuestro humor, la época del año, de nuestra vida... una infinitud de factores determinan qué máscaras llevamos en qué momentos. Pero no vengo a examinar a las máscaras hoy, sino a otra clase de máscaras y a ellas precisamente me voy a referir y también voy a inferir al respecto.

Cuando uno crea una máscara, la crea o a conciencia o inconscientemente, dándole un poco de terminología moderna a la cosa. Pero en el camino de creación de la máscara, quedan un montón de recortes, un montón de bocetos, tiras de papel arrugado, colores sin usar y otras cosas que, si bien no deben olvidarse, tampoco se las debe considerar relevantes. Sin embargo, en el espacio de tiempo en que adoptamos nuestras máscaras preferidas, hay máscaras terminadas, cuyo único paso faltante es el hecho de ser recortadas, y sin embargo permanecen ahí, en el ático de nuestra vida, perennes y sin embargo, envejeciendo (como todo lo que somos y tenemos nosotros).

Estas máscaras sin recortar son particulares; particulares porque pocas veces son destruidas, y pocas veces dejan de significar lo que significan; después de todo, que cosa más cargada de significados, simbología e iconografía que una máscara?

Estas máscaras, decía, son como fotos viejas, que nos siguen tirando agua que ya se secó hace mucho tiempo, dándonos la mano con amigos que ya son polvo en el pasado (y no precisamente porque estén muertos, o alguna vulgaridad por el estilo), haciéndonos recordar lo que sentíamos cuando vestíamos aquel viejo traje, nuevo entonces, con el pelo tirado hacia atrás a la gomina.

Y una vez más me pregunto; porqué estas máscaras nunca pudieron brillar en el escenario de la vida? Porqué esa máscara particular, preparada para que una posible noviecita de la infancia vea, nunca besó con labios de niña la mejilla sonrojada de un varoncito? Porqué esa otra máscara, hirsuta y greñuda, nunca se atrevió a lucir por las callejuelas retorcidas y empedradas, manchada su boca de vino barato y sus ojos, legañosos? Porqué aquella otra máscara, la de la milicia, tampoco brilló? Y aquella otra, la del maníaco encendido bajo las estrellas, estrangulando algo que segundos antes estaba vivo? Y la otra también, la del abogado que se la pasa entre iguales, fumando habanos grandes como una casa? Que pasa con la máscara de monja, que ocultamos cuidadosamente, aunque ella le rece a Dios el Rosario todas las noches? Que pasa con la otra máscara, la máscara más sencilla de todas, la máscara rasa de recién nacido, recién graduado, o recién venido?

Me encuentro entonces ante mi némesis constante y declarado; el tiempo. No puedo dejar de pensar que sin él, la ecuación de las máscaras dejaría de tener sentido para resignificarse en la eternidad y lo perenne, la multiplicidad de las ópticas y el trabajo conjunto de la compleja mente humana. Es imposible contemplar esta posibilidad? Es posible dentro del marco de la probabilidad, pero no del de la exactitud. Además, la mente humana actual no está preparada para un shock de tales dimensiones; enfrentarse a la cantidad de supuestos, sobrenombres, trajes viejos, muertos (literales e imaginarios), palabras, perfumes y melodías volvería loco a cualquiera. Es más, ahora mismo estoy considerando escribir algo respecto a eso, y a la fortaleza de la mente humana... pero no, sería demasiado pegajoso (Aunque quien sabe, a veces mis demonios tentacionales me ganan).

Dejar el tiempo de lado nos permitiría vivir y sufrir a través de todas las máscaras, pero, es probable que pudiéramos, con cada una, sobrevivir al resto, sin prejuzgar y sin aniquilarlas? No nos mataríamos a nosotros mismos en el proceso? O acaso es mejor vivir con un número limitado de máscaras, sin saberse llevar, con el facón abajo del brazo para desenvainar ante quien pregunte por las otras, aquellas que están en el átco?

Es curioso...

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El Ego estrellado entre los Bytes

Lo podrido de quedarse sin internet cuando sabés que del otro lado te están esperando cosas es, precisamente, el tener ese conocimiento podrido con vos. El saber, el tener la certeza de que aquello que vos buscás y esperás está del otro lado, sin dejar siquiera una ligera sombra de duda, te hace remarcar cada tecla del teclado, cada curva del mouse, cada píxel (aunque no los encuentres con el ojo, los ves con tu mente) del monitor.


El conocimiento es lo que te pudre lentamente. Como la manzana corrupta corrompe al cajón entero, la certeza, dura fruta magullada, trastorna y trastoca al cajón que somos.

Poco a poco, lo ves venir y lo vas viendo dentro tuyo. Comienza con un poco de molestia psíquica hacia el aparato que no te obedece. Le sucede una llovizna de insultos mentales hacia la empresa que te provee el servicio, mientras que nosotros mismos nos tranquilizamos pensando que ha de ser temporal.

Luego de un tiempo de reintentar, no te cabe la menor duda de que hay algo que anda mal ahí dentro. Suspirás pesadamente, mientras intentás hacer todo lo humanamente posible para que la conexión funcione. Recorrés todo el camino, desde lo más básico y troglodita (como comprobar que los cables están enchufados) hasta lo más complejo que tu mente, experiencia o ambas hayan llegado a conocer.

Finalmente, te desplomás, con una buena tensión en los músculos, frente a la fría certeza de lo que no querías que pase. Efectivamente, la máquina es máquina y no comprende, no computa tu calentura; también es relativamente fácil entender que la máquina no está fabricada para reconfortar a un usuario intranquilo, sino solo para informar.


Y es triste darse cuenta que aquellos que diseñaron la máquina no tuvieron en cuenta cuan perjudicial puede llegar a ser la información cruda, como mera notificación.

Claro, ríanse ahora. Cualquiera podría estar riéndose frente a esto, y lo comprendo. Pero solo aquellos que han pasado por el stress de no poder dilucidar la falla que nos separa de ese abismo virtual al que queremos acceder, podrían captar hacia donde voy. Y esto también supera la necesidad del estúpido usuario regular de internet (o los internautas, que hay millones), hasta para el “reparador de pc, ese chico gauchito”, o para un pequeño analista en sistemas que ha trabajado durante veinte años en el rubro.


Claro, toda profesión tiene la horma de sus zapatos, e inclusive los médicos se topan con enfermedades incurables. Inclusive esta decepción tiene más derecho a generar calentura, porque se trata de vidas humanas, y no de una mera maquinita.


Equivocado en parte, acertado en otra, quizás este apresurado juicio nos de la herramienta necesaria para poder llegar al quid de la cuestión.


Verán, quienes trabajan y se pelean con máquinas difieren en las otras profesiones en tres cosas: en el hecho de ser una creación humana hecha para y por el hombre, en el hecho de ser manejada por hombres y en la relación que entre creador y usuario existe.


Claro, un zapato o un auto son creaciones de y para el hombre, y son manejados por hombres. Pero carecen de la relación comunicativa, o la ilusión de aprehensión que el hombre crea cuando trata con una de estas máquinas.


Las máquinas tienen un arma que nosotros mismos les dimos, y es triste considerarlo así: si bien puede perdonarse el error humano del otro lado a la hora de que algún detalle se haya escapado en su diseño original, tampoco puede dejarse correr todo.


Y volvemos a la instatisfacción, ese déficit con que nos deja la máquina a la hora de solamente notificarnos de algo y no rebuscarlo con argumentos, consejos amistosos, palabras tranquilizadoras.


Porque esta espada de doble filo, que es el elemento humano, no cesa de cortar para ambos lados.

Claro, podemos jactarnos de tener máquinas más rápidas que el cerebro humano y demás estupideces huecas, pero cómo podemos pretender que un producto del hombre alcance la perfección, el autoabastecimiento y la plenitud, si su propio hacedor es imperfecto?


Sigamos estrellando nuestro ego cada vez que la actividad regular sea truncada por algún motivo fuera de la curricula.


Arrivederchi





Nota: esta entrada fue escrita tras una fuga de Arnet. Se desconocen las circunstancias en que el servicio logró el escape de sus custodios, y aún al momento de la conclusión, se desconoce su paradero.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Digestión Social

A veces me pregunto que sería mejor, o que sería más descansado: seguir conociendo el mundo desde los ojos que me tocaron, o poder pararme desde los pies de otro, alguien que se inquiera mucho menos. No quiero victimizarme o exhaltar propiedades que me son ajenas, pero quienes comparten mis puntos de vista comprenderán mi óptica respecto a este problema. Las mentes curiosas no podemos evitar superarnuestras espectativas con creces, a la hora de la cuestión y el exámen de diversos aspectos del todo. La realidad se nos presenta como el collage o el caleidoscopio constantemente cambiante, conformado por miles de parcelas que, usualmente, procedemos a intentar comprender, o esbozar al menos una tos de teoría para sustentarla en el tiempo y el espacio.

El problema, naturalmente, terminamos siendo nosotros mismos, pues como analistas fantasmagóricos de la realidad que somos terminamos comprendiendo que el complejo y aberrante sistema social en el que nacimos no tiene un lugar específico para nosotros. Ahora, esto desencadena dos cuestiones que voy a mencionar a continuación:

- El problema de la Pertenencia: El hecho de pertenecer, necesariamente, a este Sistema Social Complejo, y de estar pendiendo de esa red de aparejos y cuerdas que es la Cultura (pues nos conforman, tanto o más como nos conforman partes de nuestro cuerpo), nos ata necesaria y trágicamente a él, por lo tanto, el hombre promedio buscará su lugar en el Sistema con una naturalización que a veces nos despierta escalofríos. Nosotros también tenemos esta llamada a buscar un Lugar en el Mundo, pero como analizamos y cuestionamos todo nos quedamos usualmente en la disyuntiva, entre la crítica a la búsqueda y la búsqueda misma.
El vacío que se genera al faltarnos el lugar en el Océano de personas puede ahogar al más diestro nadador de Cultura, y las más fuertes mareas se producen al romperse las olas contra los arrecifes que somos. Pero somos indefectiblemente mortales, finitos y humanos. La persistencia a través del tiempo nos consume e, inexorablemente, lo único que queda de nosotros es el recuerdo, la memoria evocada y la persistencia de nuestra escuela por continuadores ajenos. Pero me estoy yendo de tema.

- El Problema de la Exclusión: Tampoco el Sistema Social nos mira con buenos ojos; en estos días en que el Progreso puede parecernos una idea tonta, termina siendo una realidad dura y fría para afrontar. El utilitarismo y la búsqueda del provecho desencadena en el propio Sistema Social una necesidad de palpar en lo físico y en la certeza el fruto de nuestro trabajo, sin terminar de comprender que el verdadero fruto de nuestra labor es el proceso mismo y no el producto final. Quedamos, entonces, varados entre carteles hipócritas que declaman nuestra inserción en el Sistema, que nos reclaman y no quieren dejarnos ir, pero a la vez terminan poniéndonos en circunstancias desfavorables, nos matan de hambre y sed (tanto física como mental) y nos empujan, como quien intenta manejar el arado de posibilidades de nuestro panorama general, como bestias de tiro más que como individuos. Ahora bien, este tratamiento no se debe a nosotros únicamente, y no hay hombre que deba ser tratado como bestia, jamás.

Acá vemos claramente la pérdida de dignidad a la que se ve sometido el individuo que intente permanecer en el Sistema Social, y perpetrar aquello para lo que se cree apto y capaz. Quizás sea más evidente en nuestro campo (el de los analistas del hombre), pero esta epidemia se expande a casi todos los campos, en casi todas partes. Por supuesto que las excepeciones existen, pero son escasos los casos recurrentes en que realmente el Respeto bien inculcado logra trascender a la Hipocresía Social.

Todo esto conforma lo que yo personalmente denomino la Digestión Social, esto es, cómo el propio Sistema Instituído descompone y asimila al hombre a su compleja maquinaria oxidada. El oxido con el que adorno mi propia óptica del engranaje asimilador chilla por su vejez, puesto que esta máquina viene funcionando desde hace demasiado tiempo como para poder concluírla ahora, o dentro de muchos años (como todo cambio, si algún día deja de funcionar, será gradual y muy lento)

También resulta curioso y casi patético el hecho de cómo el propio hombre se pone palos en la rueda, o piedras en el camino; además, cualquiera puede observar el complicadísimo sistema de falsa recepción, desde donde se adecua al individuo a responder a ciertos estímulos (desde la cuna misma) y a contentarse con determinados eventos. Es siniestro, pero todos estos guiños conductistas que existieron y existen desde siempre son inculcados por aquellos que más nos aman, desde nuestros amigos, desde nuestros amantes. Todo evento humano, desde el proceso de alimentación hasta la diversión misma (la diversión es el mejor placebo que usamos, hablaré de esto más tarde) está mediado y determinado a un simple hecho, que es el brindar un falso bienestar y especie de Felicidad Descartable o Felicidad de Plástico. Pues esto es lo que se persigue, y es lo que se cree alcanzar en estos pequeños momentos idiotas.

Esta serie de cuestiones es un análisis que estoy pasando por escrito, y que comenzó con The Never-Ending Fire , y terminará cuando me canse de hablar de esto. Por supuesto que no soy el único que ve esta serie de eventos; hay ahí afuera más de uno intentando ver el todo, o viéndolo desde ya. Pero la gran mayoría de nosotros termina cayendo en la resignación y en el olvido de los ideales, para poder vivir relativamente tranquilo.

Pues, como dije en el principio de este artículo, hay emparejada aquí una cuestión un tanto truculenta, de intranquilidad y de molestia constante, en el hecho de ser uno de los pocos obstáculos que este monstruo de engranajes y calderas de vapor tiene.

Pero, como diría Miguelito en una tira de Quino, Una pulga no puede detener una locomotora, pero si puede llenar de ronchas al maquinista


Les dejo un video con el cual, quizás, hallen analogía


viernes, 4 de septiembre de 2009

Cuando salta la Térmica: El Viaje Tímido del Genio



De todos los personajes evocables para semejante título, creo que el buen Doctor Frankenstein me va a ayudar a ilustrarme. Aunque el Dr. original era un tanto más trágico y menos riseuño, el personaje de Gene Wylder no puede dejar de ser evocado como el perfecto estereotipo del Científico Loco, el hombre de Ciencia que se lanza como cruzado contra los Molinos de Viento y que, mientras todos se ríen de él, descubre que de verdad eran gigantes.

Pero basta de analogías estúpidas y de preámbulos que nada tienen que ver con el contenido de la escritura. Realmente, no es que mucho no tenga que ver: si lo tiene, pero es un tanto rebuscado para introducir una lectura que puede ser tranquilamente apacible y buena.

Hoy voy a escribir respecto al Genio, aquel hombre (hablo en sentido genérico, obviamente) que deslumbra después de tiempo, usualmente luego de que transitan una vida ajetreada e insalubre por este mundo ídem, y pasan a ser los mártires del conocimiento.
En realidad, cuando fermentaba estas frases en mi cerebro durante la semana, recordaba las sentencias que he leído en tantos autores y tantos escritores durante tanto tiempo, y medio como que les tomé cierta envidia; pues donde ellos pueden sentenciar una máxima que se explica por si sola, yo, por mediocre o por no saber contenerme, tengo que vomitar un torrente de palabras para explicar el sentido de mi texto.

La sentencia, o máxima, que adornaría el fileteado de algún colectivo, sería esta: "La Genialidad no es bien recibida en Cuerpos Humanos", o "El Genio no está preparado para sobrevivir a la vida humana"

Hablo en sentido Categórico, hablo en generalizaciones, hablo con demasiado ángulo como para explicarme necesariamente. Es por esto que la máxima se me hace corta y ligera ante las explicaciones. A ver, voy a relatarles un poco cómo llegué a esta sentencia.

Hace bastante ya comencé a notar la vida trágica y torturada que llevan los individuos que podríamos llamar Genios. Ojo, Genio es una palabra reemplazable por muchas otras: me refiero principalmente a aquellos hombres que suelen ser mirados con ojos de desprecio o reprobación, pero que son quienes portan la antorcha, la chispa del cambio radical que abarcan con sus ideas. Atenti, las ideas pueden devorarte la mente como topos cavando infinitos túneles por la psique, o lombrices aireando tu masa encefálica. Otra vez me voy de tema.

En un principio, no englobaba a todos en la sola categoría de Genio. Al principio, hacía mis distinciones entre aquellos a quienes el destino parecía haberles impuesto un yugo poderoso y terrible, y aquellos que buscaban por sí solos el camino hacia la vejez solitaria y amarga. Luego descubrí la veta de la genialidad que brillaba en todos, y me decidí, a mi pesar, a darles la general categoría de Genios.

Pero, qué distingue a los Genios?

No pretendo detenerme acá a hacer aclaraciones respecto a un tema que me ocuparía muchas páginas aburridas, ni tampoco me voy a dedicar a engalanar la pasión del héroe trágico que resulta para mi el Genio; pues no siempre se cumple la sentencia del destino trágico, por un lado, y nunca ahondamos demasiado en nuestros propios destinos... cómo pretendemos analizar los de otros? Mejor que los devore el polvo del tiempo y que sus nombres se olviden. Mejor que no haya muchachos que recordar. Mejor que se escapen de los libros y de las memorias, que poco a poco se puedan ir yendo de su propio calabozo autoimpuesto.

El Genio, no obstante y curiosamente, pocas veces reconoce su Genio. El Genio es en si un hombre consumido por una meta que no puede alcanzar. Esta meta (fuera cual fuese) logra movilizar tanto su espíritu que puede llegar a tomar medidas extremas para dominarla, y si alguna vez llega a dominarla, es usualmente una instancia en la que su contexto (el universo o kosmos que lo rodea, digamos) intentará devorarlo, o borrar ese manchón horroroso que trae el cambio o el escándalo a nuestras mesas.

Pues es así, nadie es profeta en su propia tierra y, como decía Felipe en una vieja tira de Mafalda, nadie escucha a quien viene con algo progresista en la cabeza (saquemos la idea del progreso por un momento, por favor).

El Genio se ve atosigado por muchísimas cosas. Ya sea la meta misma, ya sea los obstáculos que le van (o se va) poniendo a lo largo del camino, ya sean demonios propios u ajenos, ya sean... tantos factores que pueden enumerarse (que no vale la pena enumerar), que termina teniendo una vida muy violenta y corta (o larga y amarga, por verse a si mismo derrotado), usualmente truncada por si mismo o por otros. Es triste, pero la tragedia, el martirio, y la victimización nos encanta a todos, y es por esto que mis Genios deberían llamarse Genios Trágicos o Genios Mártires, pues es en este elemento que ganan la distinción y se alzan por sobre la moemoria y las arenas del tiempo. Es precisamente el factor de victimización lo que les da la memoria global, junto con el hallazgo o el demonio que han luchado toda su vida, o la meta que han peleado por alcanzar.

Lo triste, lo verdaderamente triste de este asunto es que ellos mismos se creen derrotados, casi siempre, al fianl del camino, o tienen una visión muy pesimista de la vida que han llevado. No tengo que mencionar ejemplos, de seguro para este punto los tendrán.

Aquí vuelvo a citar a mi buen Dr. Frankenstein, si bien personaje ficticio (acaso ellos tampoco viven?), pues mi memoria evoca un texto descriptivo de aquella obra, cuando decía (creo que a manos de Ana María Shua);

"Lo verdaderamente trágico es que el relato de Frankenstein no se trata de una derrota, sino de una horrorosa y trágica victoria"





Adeu

Extreme Ways?

A sacarle un poquito las capas de polvo a este dispositivo. Por más ausencia y licencia que me tomé, realmente me hallé en una sequía total en un momento (pre) , seguida de una vagancia o pereza total, en la que los productos de mi mente solían quedarse atorados en su simple remolino, como frutos maduros pudriéndose sobre la tierra (post).

Primero, Bienvenido Septiembre, mes que tantas cosas acarrea, como el final del adorado Invierno, los ritos de pasaje de etapas, cumpleaños varios, hojas enterradas, cuatro meses para que termine el año. Anyway.

Segundo, hola Blog. Tantísimo tiempo volvía a verte y a extrañarte, y acariciar con el puntero del mouse la etiqueta que lleva tu nombre y darme cuenta cuánto te había perdido.

Okey, eso si sonó raro.

Tercero; a precalentar en escritura respecto a todo esto, a la tarea de escribir apropiadamente para un registro que algún día se convertirá, adaptará y mutilará para caber en el formato de una publicación aparentemente simplista y triste. Es tétrico, pero algún día tendré que repasar la mirada sobre todo el trabajo que invertí en este lugar y ver qué puedo rescatar (sobre todo de la modalidad tan propia que tiene) y que no. Que puede ser visto por el mundo y con qué se puede presentar la palabra Decencia. Que debe abandonarse en el Océano de Bytes, para que sea encontrado, como un mensaje en una botella, cada tanto, por numerosos y anónimos navegantes; o no ser visto del todo.

Pues si, debo decirlo, este lugar y esta modalidad de trabajo (a la vez interesante y dinámica) acarrearon muchísimas cosas buenas y otras relativamente malas.
Lo bueno es que me ha servido muchísimo para afinar mi estilo, para poder tener una visión un poco más panorámica y ordenada de mi propia manera de trabajar, de conectarme con otras maneras de complementar mi texto (media e imágenes), otras personas. El trabajo conjunto y complementario de mis lectores (lectoras?) tampoco tiene que ser mirado por encima: es una modalidad excelente que me encantó y me encanta, hasta el día de hoy.

Lo malo es la inconstancia , la pateticidad de algunos textos (de los que nunca hice revisión adecuada), el abandono de proyectos potencialmente buenos por el camino.

Vida loca esta, no?

En fin! Luego de esta breve y estúpida introducción, que viene a ser como la segunda parte articulada del Stop de revisión del año, entremos a escribir ALGO, quieren?


jueves, 20 de agosto de 2009

El Hombre Encadenado


Stop de Revisión del año.

Llega ese momento (que siempre está presente en el ciclo continuo y cambiante de la rutina que llamamos vida) de auto-análisis y de repaso a lo largo de lo que un determinado período de tiempo dió como frutos. Quienes me son cercanos (o quienes me leen) podrían sugerir que el análisis jamás cesó, y es en parte cierto, pues no es por nada que lo insinúo en varios de mis escritos. No obstante, esta situación posee una particularidad, que es la de la Revisión, la de la resurrección de cosas no tan viejas ni tan nuevas, la de contemplar todo otra vez y considera. Juzgar (te).

Llego a este tiempo en que poco a poco termino viendo cómo mi obra (desorganizada, como siempre) ha sufrido un cambio gradual y total, casi; tanto un cambio de estilo como de género y frecuencia. Si bien el ritmo de la escritura continúa errática (sin poder superar ese obstáculo personal que es la falta de compromiso/tiempo), no me he colgado como ha pasado otras veces, otros años. Asimismo, y creería que, a partir del año pasado, tengo una visión muy distinta de mi escritura; desde el vamos, que antes era escribir para divertirme y encarnar en mis mil y un personajes mil y un sensaciones, hasta hoy en día, en que late incipiente en mi corazón el ansia por enseñarle mi trabajo, apropiadamente maduro, al mundo; posibilidad que, si había sido considerada hasta ahora, solo había sido en instancia de broma o chiste particular.

Evocando cada vez más a mis musas (a mi musa, tendría que decir), relegando un poco más la vida de estudiante y jugador de lo que debe ser el mejor entrenamiento fantástico, haciendo bastante research por mi cuenta, leyendo sistemáticamente una diversidad de textos que terminan engrandeciendo mi ánimo y participando mucho más activamente en mi vida espiritual.

Llegué al momento en que puedo hacer una pausa, un alto el fuego y considerar cómo está el barco en el que me estoy manejando, cómo viene y a cuánto tiempo estamos del puerto. Y es así que surge (me surge) la imágen, la analogía o la puerilidad poética que es la del Hombre Encadenado; el Hombre que por voluntad propia, quizás interés o quizás mandato, termina encadenándose a si mismo a ese barco que a veces es gustoso de llevar, y a veces resulta un verdadero lastre. Se me antoja un Capitán Ahab como lo habría dibujado Bobillo, no tan viejo como para ser un anciano pero si un hombre de edad. Sabe que está encadenado a esa ballena blanca, lo sabe y lo admite, como una sentencia de muerte de la que es culpable. La cicatriz surca su rostro y su ceño está fruncido: ojos que han visto hundirse a centenares de embarcaciones a lo largo de toda una vida tiemblan con un débil fulgor de locura en la persecución del cachalote.

Ese hombre, Atado por mil y un cuerdas atadas a los arpones que erizan el lomo del cetáceo, lastrado al fondo del océano, sin poder morir (o ansiando la muerte, la libertad de no tener que seguir arrastrando ese lastre que él mismo se fijó), es la perfecta imágen del Hombre Encadenado. Las llagas lo cubren, y está curtido de años, siglos quizá (desde cuando el tiempo es importante en las metáforas?) de estar varado en el mismo lugar. Pues cuando se cree que se ha llegado a la meta, nos damos cuenta que es solo otro peldaño más del templo de Tenochtitlán, un grano más de los miles que caen por un reloj de arena, un átomo más de agua de los innumerables que pueblan los océanos de la tierra y del Universo. Ese hombre (cuya inmortalidad está medida por el fin de su tarea) es un hombre alegre a veces, pero terriblemente solo y condenado a un futuro que, ciertamente, no terminará con la muerte. Si es cierto que puedo poblar mi imaginario con miles de autores encadenados a sus propios némesis, también puedo imaginarme a mi mismo encadenado a este monstruo en el que me he transformado. Puedo ver un Nietzsche, atado por la cintura a un Teatro muy antiguo, lleno de polvo y luces de gas, representando a Zaratustra; puedo ver un Freud girando en el espacio, estaqueado al busto de la cabeza de una mujer; puedo contemplar un Orson Wells repitiendo la misma rutina, como un autómata, en la macabra granja comandada por cerdos.

Todo esto fue desencadenado por un curioso retazo de texto que se halla en el libro que resulta mi actual lectura ("Hacedor de Estrellas", de Olaf Stapledon), y que sirvió como estimulante a mi pobre mente;



"(...) -Sería una ruindad alabar al Hacedor de Estrellas sabiendo que es demasiado insensible para preocuparse por el destino de sus mundos.
Bvalltu calló un momento. Luego el hombre alzó los ojos buscando entre las columnas de humo una estrella diruna . Y entonces me dijo:
-Si Él salvara todos los mundos, pero atormentara a un hombre, ¿Merecería el perdón?¿Y si fuera un poco duro sólo con un niño estúpido?¿Qué puede importar nuestro dolor, o nuestro fracaso?¡Hacedor de Estrellas! Un nombre, aunque no tengamos noción de su significado. Oh, Hacedor de Estrellas, debo alabarte aunque me destruyas. Aunque me tortures, mi bien amado. Aunque atormentes y consumas todos tus hermosos mundos, esas menudas obras de tu imaginación, aún así te alabaré. Pues si así lo haces, así debe ser. Para mi puede estar mal, pero en tí debe estar bien.-
Bvalltu bajó los ojos a la ciudad arruinada, y luego continuó:
-Y si al fin y al cabo no hay Hacedor de Estrellas, si la gran compañía de las galaxias hubiese nacido por si misma, o aún si este pequeño mundo sórdido fuese el único habitáculo del espíritu entre las estrellas, y muriera para siempre, aún así, aún así, yo debo alabar. ¿Pero si no hay un Hacedor de Estrellas qué puede ser eso que alabo? No lo sé. Lo llamaría el gusto, el sabor de la existencia. Pero esto no significa mucho. "



Agradezco a cierta persona que me facilitó esta imágen enórmemente, pues se ha transformado no solo en una de mis favoritas, sino en una de las más catársicas. Lamento esta especie de Journal, pero ya volveré a ejercer la escritura con todo gusto.

martes, 11 de agosto de 2009

Alive?

Oh si, el tiempo es la arena que más rápido se escurre entre dedos mortales y, curiosamente, la más preciosa también. Estamos hechos de tiempo, o trascendemos al tiempo, o el tiempo nos sobrevive a nosotros?

"They say that Time is the Fire in wich we Burn, Captain", decía un villano de poca monta en una película de poca monta (la verdad, lo único que rescaté de ese film fue esa frase). Y quizás no estaba tan equivocado.

Los Griegos habían pintado al tiempo como Cronos (Saturno para los Romanos), un anciano que llevaba un reloj de arena y una guadaña, destronado y receloso de su propio hijo, devorando a los hombres. Puesto que, Qué es el tiempo, sino un devorador de todo lo que existe?

Oh si, no estoy en escritor, sino en quoteólogo (quien no entienda el término, googlee), y podría continuar. Leyendo a Heráclito me topé con una frase que también me habían mencionado; "Como ocultarse de lo que nunca tiene Ocaso?"

"El Fuego Vive gracias a la Muerte del Aire, y el Aire vive por la Muerte del Fuego. La Tierra vive por la muerte del Agua, y el Agua Vive por la muerte de la Tierra. Así es este Kosmos, no existe cosa que viva, sino por la muerte de muchas otras cosas"

Palabras más, palabras menos, esa cita de Heráclito fue el último ladrillo que logré poner sobre esa torre de babel que venía escribiendo hace tiempo en mi propia cabeza, como hago en la gran mayoría de las ocasiones. Pero esta Torre es vieja, muy vieja; vieja en una escala de tiempo que, es muy probable, nadie logre comprender en toda su dimensión, pues fue medida con vidas ajenas, y vidas de mis propios hijos (mis personajes). Por más que esta torre de Babel sea mía, en efecto, y solo haga unos siete o diez años que está dentro de mi cabeza, la siento vieja, mucho más vieja y antigüa de lo que podría llegar a comprender. Es un monstruo abominable que me va a sobrevivir, de eso estoy segurísimo; es una cripta que no tiene fin ni principio, donde remanecen los restos de quienes lograron verla en la niebla. Permanecerá ahí también mi propio cadáver, medio esfumado por las constantes tormentas de arena que la azotan? Es muy probable, pues ahora que la he visto y le he puesto el último, mi ladrillo, no creo que pueda desprenderme de ella.

Esta visión tan Lovecraftiana de un lugar semi-abandonado y ajeno a toda lógica humana me fascina de una manera que no puedo definir con palabras. Por más que sé lo que esta torre, esta cripta, ese edificio colosal representa para mí (la lápida, el final del camino, la escasez del mismo), no puedo dejar de pensar en ella. Me obsesiona en un grado tal, que pareciera que quiero darle vueltas al problema hasta resolverlo.

Intentar demoler una estructura que no existe, pero es.

La inexorabilidad del tiempo es algo que ha acosado a otros hombres, de eso estoy seguro. La fugacidad de nuestras vidas y el correr del tiempo, que se hace más veloz con los tiempos modernos, es un detalle que me atormenta como si nunca tuviese más tiempo que los segundos que se evanescen a mi lado.
"Mientras me haya quedado algo por hacer, no habré hecho nada", decía el famosísimo César, que, irónicamente, murió a manos de su propio hijo en una sorpresa total. Adhiero a esta misma máxima, pues el tiempo que se nos ha dado es demasiado corto para nosotros, y es cruel despertar a la conciencia de que no somos infinitos cuando ya se ha desperdiciado (desperdiciado? Neh, el tiempo no se desperdicia, se usa) un buen segmento de nuestras propias vidas.

La cuestión del tiempo es una cuestión que sé que me va a acompañar hasta el día que abandone este mundo, puesto que al considerarla, al imaginarme a mis pobres hijos muertos (uno en particular, que deambula entre muchos mundos) que vislumbraron esta misma torre que me va a sobrevivir, a todos esos hombres que desde tiempos inmemoriables también reposan aqui dentro, en esta torre con olor a humedad y arena, me sobrecoge a una escala inimaginable.


Quizás me robe a mi mismo y utilice este escenario.
Si, es muy probable que lo use en otro lado.


Después de preguntarse que diablos puede llegar a tener que ver la imágen con el tiempo, los siete mil hombres sepultados y todos los hijos muertos, la constante tormenta de arena que es la ignorancia (velando los ojos de algunos), pregúntense; Alguna vez se pusieron en el lugar de una polilla, demasiado atraída a la llama?


Disfruten de la vida, as usual

lunes, 3 de agosto de 2009

Transición: Nacht


La vuelta al estudio trajo muchas cosas, pero eran todas esperadas. Era más (es) un regreso a la rutina, como el pescador sabe (o tiene una idea aproximada) de lo que va a recoger cuando tira las redes al mar.

Lo mejor fueron las máximas, las horas que desaparecen tras la vuelta de las ganas de saber, la avidez de conocimiento que estaba cegada y malnutrida por sarta de conceptos, desvaríos y clásicos movimientos de mi mente, demasiados conocidos y huecos como para satisfacer el corazón de esa ansia.

Otra cosa regresó, pero me sorprendió el notarlo. La Sed volvió con los últimos días de estas cuasi-vacaciones muy invernales. La sed, compañera de viaje en un sendero de hojas muertas y árboles retorcidos; la sed que exacerba los sentidos y te hace sentir más y más anhelante, desesperado, hendido y frágil... la misma sed que hacía un buen tiempo no sentía.

También me sentí desenterrando un muerto, al darme cuenta de que estaba volviendo a caminar bajo las huellas de una sombra que, me prometí, solo tomaría de ser necesario. Ese cadáver debe permanecer solamente vivo en mi memoria, y en la de algunos otros... debe permanecer enterrado. No toleraría la idea de repetirme tan patéticamente a mi mismo, ni de clonar mis propios pensamientos, sistemáticamente, resignado a caminar un mundo despojado de memoria.

El Vamiro que surgió hace tres días me sigue, pero guarda distancia. Está tan silencioso como casi todo a mi alrededor.

Leela está muy misteriosa, también. En un principio creí (inocentemente) que era la presencia del vampiro la que la ponía nerviosa; pero el vampiro se va por momentos, y ella sigue caminando por paredes y techo, mordiénso el labio inferior, sin dirigirme la palabra. Hoy por primera vez en un buen tiempo sentí su abrazo... pero también confirmé que estaba algo nerviosa. Desconozco su motivo, pero también se mezcla su inactividad con abundancia y sobrecarga de estímulos...

Vivo más de noche que de día, y temo estar perdiendo un poco el reloj biológico... o quizás, solo experimentando con él.

Me siento extrañamente bien. Es raro, no siento cansancio ni disconfort, ni tampoco me preocupa demasiado nada... Los argumentos van y vienen.

Las Meditaciones y los rituales están saliendo intensos como hacía tiempo no salían.



Es increíble la cantidad de eculubraciones que se pueden llegar a escribir escuchando Depeche Mode, no?

martes, 28 de julio de 2009

The Never-Ending Fire

A todos nos pasa, más o menos frecuentemente, el encontrarnos con un esqueleto en el placard, cada tanto. Ese cadáver que creíamos que había quedado sepultado en el patio de atrás logró desenterrarse y volver a meterse entre las camisas, los abrigos que nunca usamos, y quedarse agazapado, semi escondido, hasta que pudimos darnos cuenta de que estaba allí.

Es obvio que nos asusta el hecho de encontrarnos con el esqueleto, por dos motivos. Primero, porque los cadáveres siempre asustarán a las personas (inclusive los necrófilos tienen miedo), y segundo, porque creíamos que ya era asunto resulto y enterrado.

Es así como registramos los encuentros con esos pedazos de pasado que no creíamos vivos; el hallazgo del esqueleto en el placard es una analogía burda, pero útil por simpleza. Y este esqueleto es el fragmento de algo (una costumbre, un elemento, una rutina, una persona o una conjunción de todas estas cosas) que realmente creíamos haber superado (u olvidado, sin quererlo) a través del tiempo, pero nos alcanza.

Es muy probable que nos hayamos apropiado de esta cosa (elemento-persona, copiando un poco la metodolgia del Maestro Fernández) también con el paso del tiempo y la insistencia de la acción que ejercíamos sobre esta cosa. La gente se apropia de las cosas que los rodean, muchísimas veces sin darse cuenta, y a veces se sorprenden a ellos mismos sin alternarse en el espacio-tiempo, cambiando de piel por una más joven para internalizarse en sí mismos, o alejarse observando (o tratando de) las figuras desde lejos. Pues la apropiación de la cosa se da como un proceso innato y aprobado por y para todos.

Escribo esto para darle paso a otro artículo mayor, más tarde, muy probablemente el que tenga que ver con los Mecanismos de los que nos servimos para sobrevivir a diario y de los que no somos conscientes tampoco. Pero me estoy adelantando a mi mismo, y dejo este paréntesis acá para continuar el hilo de antes.

Decía, estas cosas de las que nos apropiamos no tienen límite ni número específico; tampoco deben agradarnos del todo, o deben formar parte voluntariamente de nosotros. Muchas veces somos empujados a la apropiación, ya sea por parte de instituciones o de otras personas, de cosas que nos asquean y nos repugnan, o que generan un rechazo terrible; no obstante, terminamos apropiandonos de ellas. Después de todo, no estamos definidos solo por nuestros gustos, sino también por nuestras antítesis; son nuestros némesis los que recortan nuestros límites.

Es por esto que los ejércitos de cráneos que duermen con nosotros a veces nos asustan. No muchas veces el encuentro con el esqueleto es favorable, o trae buenos recuerdos; es precisamente por esto también que le tememos y nos sorprendemos por su aparición.

Es curioso, pero es a la vez gracias a esta recursión o retorno perfecto de estas cosas (una vez apropiadas, claro está; sino son meros fantasmas, de evanescencia muy rápida) y los mecanismos de los que todavía no hemos hablado que el hombre consigue sobrevivir a si mismo y al mundo, que está esperando para devorarlo en cualquier momento. Los esqueletos, a veces horroros, a veces nostálgicos, nos arman de identidad y de valor. Vemos en su palidez y su muerte las cosas que una vez nos fueron queridas u odiadas (o que continúan siéndolo, porque no?), y nos sentimos reflejados en ellos, inequívocamente; cuantas veces nos apareceremos, bajo nuestra simple osamenta, en placares ajenos? Por quienes serán observados nuestros cráneos a la sibilante luz de la luna, en el intrincadísimo laberinto espinoso que es la sociedad, el armatoste psíquico y los entes ajenos a nosotros?



También, agrego, hay gente que se hace adicta a los esqueletos en el placard, y superpone (o reemplaza) sus mecanismos por estos esqueletos, estos cráneos, estos cadáveres: se vuelven verdaderos coleccionistas de huesos, y en su casa florecen tumbas ajenas que se ha apropiado a lo largo de los años. Estas personas usualmente toman, gradualmente, el color de los muertos, pues han convertido su medio de vida y supervivencia en una ruta que los lleva indefectiblemente hacia su propia fosa. No obstante, podemos objetar que todas las sendas nos llevan, tarde o temprano, hacia la lápida. Es el final del camino, and yet, es una barrera tan facilmente quebrantable, que muchos senderos, exceptuando éste citado en este párrafo, suponen o bien saltearla, o bien extenderla, o bien postergarla.


Por último diré que hay gente que se qued a medio camino entre los coleccionistas de huesos, muertos de miedo que habitan entre cadáveres, y los que se asustan cuando hallan un esqueleto en el placard. Son los que ven y oyen los fuegos fatuos, y con esta analogía quiero decir lo que quiero decir; las personas que ven a los muertos de una manera romantica y persuaden a sus impresiones para que los transformen en suaves y encantadores fuegos fatuos.
Es claro que el fuego fatuo nunca deja de arder para recordar su propósito de agenda o almanaque; si se extinguiera, es muy probable que muriera y dejara de ser, perdiendo el motivo para la persona que lo ha citado sin saberlo. No obstante, es usual en esta clase de personas también atar muchos fuegos fatuos y crear entidades, o bien enmascararlas tras el fuego fatuo.

Este es el caso de Leela, mi Musa personal, en la que muchas veces identifico fuentes de esos fuegos fatuos que brillan numerosas ocasiones junto a mi, en la calle, en la cama, en clase.

Sin embargo, veo esqueletos también, por lo que no me considero lo suficientemente afortunado (o debería decir evolucionado?), como para poder despojarme de ellos.


Vedaust

lunes, 20 de julio de 2009

El Lugar de la Niebla


Es difícil definir lugares que no terminan de ser de uno, más que nada porque terminamos cayendo en asociarlos más con personas que con propiedades del lugar. Después de todo, qué es lo que les da color a los lugares, sino las personas?

No hace mucho me sucedieron una serie de eventos propios de lugares ajenos a esta tierra, digamos, que bien podrían haberse adjudicado a algún fumadero de Opio del lejano Londres, o quizás a una noche Rumana de fuego sempiterno. Y sucedió indefectiblemente acá, en mi localidad y frente a mis ojos; no obstante, vuelvo a decir que los eventos no eran los que eran ajenos, sino el ambiente. Estoy casi convencido de que ese ambiente tiene esa propiedad: sabés que estás acá y es muy de acá, pero al mismo tiempo tenés idea de estar viajando en el espacio y el tiempo a tierras más antiguas y lejanas.

Anyway, aquí va la cosa. Quizás fuera por el humo acumulado (estoy fumando mucho), quizás la hora, la charla, la compañía, las imágenes, los sonidos... no sé cual de todos estos factores sea el determinante, ni tampoco pongo uno sobre otro. Creo que todos, ya en su yuxtaposición o en su individualidad, contribuyeron a la creación de la atmósfera. Pero basta de introducciones, y pongámonos a hablar de lo que nos interesa verdaderamente.

El tiempo transcurría en un reloj de arena de boca muy pequeña; lenta, pero plácidamente. La música era la danza de un musa sorda, que desconoce si realmente se está moviendo bien; un hermoso reflejo de la intuición y la poesía que puede flotar en una, dos personas, o quizás en un momento determinado. Las imágenes... bueno, las imágenes siempre suelen tener un objetivo determinado, o una analogía precisa, sobre todo cuando son factura de hombres como lo eran aquellas que ví esa noche. No obstante, la belleza de esta clase de noches, momentos, lugares es el buscarles los más retorcidos significados, sin salirse del todo del marco regular que era la vida normal de todos (o saliéndose del todo).

Otro factor importante son los pensamientos, los estímulos y las respuestas, los gestos, los rostros, las risas y los llantos mentales. Es muy importante destacar (aunque realmente me estoy pudriendo un poco de hacerlo) que por más que dos o más personas crean estar discutiendo, lo único que hacen es intercambiar impresiones, sin entregar del todo un verdadero mensaje, sino el reflejo del mismo. Todo esto cunde a un tema de mucho mayor grosor que fue citado varias veces por acá y que, si no me falla la memoria, ya aclaré con anterioridad.

"Si dos personas piensan una misma idea, una de las dos está pensando por el otro"

Prosigamos.

Sumándole a los factores enumerados anteriormente, consideren una atmósfera de semi-cláustro, la germinación espiritual y mental de la poesía por la prosa nocturna misma y la efervescencia del silencio atosigándome, junto con la misma melodía de antes. Entre cigarrillo y cigarrillo, el humo terminó acumulándose en ese lugar sin ventilación, para cobijarnos en una nube de toxicidad y poco aire.

Aquí fue cuando, en la cúspide del evento mismo, se me dió la visión del panorama completo, sin la falta de ninguno de esos fantasmas que nos rodeaban, sin la ausencia de ninguno de los silencios del mobiliario ni del inmueble mismo, sin la presencia del fuego que no dejaba de arder, contribuyendo a la asfixia.
Y aquel lugar, el Lugar donde el Humo se Estanca, me dio a revelar parte de su identidad.
Y aquella instancia me dijo que merecía unas palabras mediocres de pseudo-escritor.



Es un poco triste releer, intentando hallarle un mensaje a ese conjunto de ideas, impresiones y sensaciones compactadas y maceradas en una sola cosa informe. Triste, porque realmente me quedo con parcialidad de lo que intento transmitir, o al menos eso siento.
Porqué me agrada ese lugar donde el Humo se Estanca? Quizás por lo que representa, quizás por su aire, quizás por lo que puedo (o no) hacer ahí dentro.

Quizás porqué



Un lugar Donde el Humo se estanca... una Raíz de ahogo que todos necesitamos

domingo, 12 de julio de 2009

Ceniza




Es una sensación extraña, esta de saber que estás despierto mientras tendrías que estar durmiendo, que no escribiste nada cuando tendrías que tener todos los artículos terminados, que estás escuchando música de un grado tan bello que haría llorar a Rachmaminoff.

Es una sensación curiosa, sin sabor ni emoción, con la aceptación de una realidad premeditada que solo puede conseguirse mediante la repetición sin anestecia (hasta que el propio impacto genera el sueño).

Es feo no poder fumar en tu propia casa, pero más feo es no tener qué fumar.
Es bello que la noche sea tan gélida y cruel, pero más bellas todavia son las notas de la música, que cuelgan en el aire nocturno.

La Diosa ilumina el patio con su luz plateada, la oscuridad del cielo no la hace resaltar. La ceniza es negruzca, como mi mano, como mi mente y mis ojos a veces, como mi corazón cuando saltan a relucir los lados bestiales de mi persona.

Que entrada pelotuda.
Pero, como la sensación que describí más arriba, curiosa, extraña, particular, única.

Única.


Tengo muchas cosas en que pensar y poco tiempo que quemar

jueves, 9 de julio de 2009

Exhumación

cRepasando unos papeles (virtuales, cosa que le quita bastante el romanticismo) viejos, hallé escritos míos que hacía bastante que no leía. Como me reí mucho con ellos, se los dejo para que les echen un vistazo

Seis Días

El frío de la calle no le castigaba: simplemente era un compañero en aquella noche helada y oscura. Hasta las estrellas parecían haberse tomado un buen tiempo a paseo, y la luz artificial y anaranjada de las luces de sodio de la Avenida no era algo que le agradase.
Estaba solo, como siempre lo había estado. Solo al momento de reír, solo al momento de llorar… Tan solo que le sobrecogía ver inclusive esa transitada avenida a esas horas, de esa manera, sin una señal de vida, sin un asomo de existencia, de movimiento. Solo los semáforos titilando de vez en cuando le recordaban que ese si era un pasaje urbano, que esas veredas si eran públicas, que su tristeza tampoco era exclusiva. Decidió comenzar a sentir el frío y, sintiendo el resonar de sus propios pasos, se dirigió hacia el río.
Unas cuadras mas abajo, el río, masa impávida de eterno movimiento, parecía mirarlo sin compadecerse. Siempre había estado ahí y siempre lo estaría: el eterno cauce de alquitrán que reflejaba las luces artificiales.
Luces artificiales. Amor artificial? No, era imposible, no podía ser que esa espina, esa estaca clavada en su pecho que dolía tanto fuese algo artificial. Sin embargo, cabía la duda… era sospecha de él, invento de una mente demasiada estereotipada e influenciada por el si fácil? Era algo falso?
Suspiró, y se extrañó de no tener nada que llevarse a la boca, si no un pucho, quizás una birome, algo que mordisquear. Nunca le había gustado esa fijación que tenía, pero con los años había aprendido a aceptarla y creer que era uno de tantos errores que poblaban su vida. Acaso nunca se había concebido como error en la vida de los demás? Ahora mismo se sentía así. De más. Demasiado estúpido como para seguir mintiéndose a si mismo.

Sentando en la baranda que daba al río, contemplo el horizonte. Allí la ciudad no truncaba su vista con el gélido y rígido avance del progreso, allí podía ver la verdadera llanura de la cual era ciudadano. Se sintió extraño. Era raro sentir tantas cosas en una sola noche. Quizás hacía mucho que no salía con nadie, quizás hacía mucho que no se engañaba creyendo que quizás esta vez le quisieran. Quizás… tantos quizáses aparecían en su cabeza, esa cabeza que a veces odiaba tener, se odiaba a si mismo por tener ese único talento que era hacer analogías todo el tiempo, sin crueldad ni maldad, mas si con rapidez y carente de escrúpulos. Dentro de su mente resonaron algunos acordes y una canción que un inglés grabase años siquiera de que sus padre pensaran en traerlo al mundo, pero con la cual se identificaba en aquel momento. Le siguió un pobre piano, desvencijado, y se vio a si mismo, con menos año, barba y cabello, intentando hacer sonar en el marfil de su Tía Abuela un fragmento del Requiem de Mozart, sin mucho éxito.
Era realmente extraño, pensó. Todo se había dado con una rapidez tan turbulenta que le costaba ordenar los hechos en la cabeza, aunque lo que si persistía era esa aguja, esa molestia en el pecho. Angustiosamente no era herida física alguna que pudiese sanar, sino una depresión que poco a poco se esparcía por todo su cuerpo, como un tétanos que le poblase hasta el último de los dedos. Dejó de sentir la presión de la baranda contra sus antebrazos. Dejó de sentir la brisa ribereña contra su rostro. De repente, dejó de sentir y cerró los ojos. Y, como un Zoetropo interno, comenzó a girar, vertiginosa y fragmentariamente, todo lo que había trascurrido en aquellos seis días…


El primer contacto con aquellos ojos verdes, demoledores, le había dejado como un niño embelesado: y eso era lo que era en aquel momento: un niño embelesado. Recordó haber pensado internamente que nunca, jamás llegaría a devolverle el favor a quien había concertado aquella reunión social. Quizás un poco de alcohol para ayudar a romper el hielo, a aflojar la lengua. No bailaba, jamás bailó y ni siquiera entonces, tirado en la costa del río, creía que alguna vez bailaría. Ella quería bailar, pero ninguno de los inútiles que eran los de aquella reunión se atrevió a sacarla. Quizá no solo él se había sentido así ante esos ojos verdes… Esa sonrisa, esos gestos, esa voz. Era casi un canto, un arrullo de sirena: irresistiblemente tentador, incalculablemente incierto. Su lógica no le serviría entonces, sabía muy bien que lo que percibía podía o no ser trampa de su mente. Pero, que Diablos, mejor disfrutar de ello mientras durase.
Salieron afuera, hacía mucho mas frío que en esa, la noche del cinema dentro de su cabeza, la estaca en el pecho y los dedos insensibles. Quiso quedar bien y le ofreció su abrigo, que si le daba calor y le servía de todo, no solo de vínculo con él, sino de excusa para darle el brazo.
Todo el camino se sintió como la primera vez que la vió: como un niño embelesado, atraído inexplicablemente como la polilla a la llama. Jamás le había pasado que una mina lo arrollase con tanto ímpetu como ésta lo hacía, ni que otros hicieran la vista gorda para con ella. Realmente no le importaba si era bella (belleza era lo que sobraba en ella), eran esos ojos, esos gestos, esa sonrisa, esa voz…

Pasaron un par de días. Le invitó extrañamente a comer a su casa en compañía de unos amigos, pero bien sabía que los amigos eran excusa para volverla a ver. Intentó mantener la calma, diciéndose a si mismo que lo que le había pasado aquella noche era solo producto de la percepción alterada por el alcohol, de su propia ilusión mental.
Es noche sus ojos le volvieron a destrozar. Se volvió a sentir dentro de ese éxtasis divino, y esa vez no hubo alcohol que figurase de excusa: había algo bizarro en todo aquello, sobre todo en la rapidez con que se estaban dando las cosas. Pero ninguno de los dos pareció notarlo.
Un par de días mas y habían llegado al quinto día… con lindas conversaciones, lindos gestos, todo muy lindo. Por desgracia (o suerte, quien sabe todavía?), al guionista que hacía de su vida le gustaban mas las tragedias que los finales de HollyWood. Igualmente, él no era ni Sinatra ni Gary Grant para quedarse con una linda chica, bailar con ella y vivir felices para siempre.

Abrió los ojos y suspiró. Había comenzado a sentir el frío, y ella se había llevado nuevamente su abrigo. El maldito abrigo, por dentro sabía que solo lo había llevado nuevamente para prestárselo. Quizás lo quemaría después de que todo eso pasara. Quizás no… Se rió tristemente de su perfume, la fragancia que ella le había dejado cuando se lo había devuelto la vez anterior, dos días después. Se preguntó que clase de estúpido se ríe de su propia desgracia, y otra vez las analogías poblaron su mente. Cansado de si mismo, calló su voz interior y se concentró en otra canción que realmente le haría bien escuchar. Una anestesia musical como solo los ingleses podían hacer. También se preguntó porque solo música inglesa venía a su cabeza, y entonces recordó que los tipos viven en una isla gélida, llena de humedad, gris y metrópoli desde hace mucho tiempo. Como no escribir cosas deprimentes?
Comenzó a caminar y metió las manos en los bolsillos. Para que… otro recuerdo de ella. Se puteó.

El regreso a casa fue monótono y frío. El Silencio quizás podría incluírsele, pero para cuando llegó al sepulcro que le servía de casa ya la gente estaba despertando, y él se iba a su madriguera a soñar quien sabría con qué. Solo quería desconectarse, desenchufarse de todo y de todos. Ella había sido… había sido? ERA lo que ocupaba todo. No le fue fácil dormirse.

Despertar con acidez no era lo peor: la acidez mental lo era. No le importaba demasiado nada y respiraba un aire a siesta y nostalgia que le incitaba a dormir aún mas. Utilizó un par de amigos para descargar algo de lo que le provocaba esa aguja en el pecho. Se sintió mal por clavarlos ahí una tarde y, entre amargo y amargo, contarle su desgracia. También, una vez retirados sus compañeros, se dio asco a si mismo. Esa victimización tan patética… no podía resolverlo. Volvió a dormir.

Cuando hubo de hablar, los ojos verdes lo volvieron a demoler. No de la manera feliz y satisfactoria de las primeras veces, sino que lo hicieron sentirse el ogro que era y que no había querido admitir ser. El Monstruo, el pelotudo. Solo hubo un par de intercambios de palabras, y después acordaron un silencio mutuo. Un silencio que probablemente dejara a ambos pensando en lo que estaría pensando o sintiendo el otro.
Un libro, una frase, una canción. Siempre su mente estableciendo analogías, todo el día. Primer día sin saber de ella, pero pensándola y sintiéndola quizá tanto o mas intensamente que lo que había experimentado antes. Intentó volver a la meditación, pero tenía tal desequilibrio dentro que fue un fracaso rotundo. Y seguir distribuyendo su veneno como muestra gratis de desgracia no solo no era digno, sino que no le satisfacía en lo más mínimo. Dejó que el hambre se hiciera sentir. Dejó que la vida continuara.

Dejó de dejar, y de repente, una noche, decidió plasmar todo lo que sentía en estas patéticas líneas.


Instinto


A veces el Pensamiento parece tener que
abrirse camino por incontables barreras
hasta proponerse y ser escuchado

Julio Cortázar

Relato Verídico

La Salida a la noche misma ya fué parte de una comunión mayor de la que él mismo había esperado. Mucho tiempo había pasado desde su anterior enfrentamiento con la Madre Oscura y llena de estrellas que es la noche... no demasiado, pero si lo suficiente como para hacerle sentir esa sensación con un renovado éxtasis.
El aire fresco y nocturno se movía con un vaivén misterioso, aquel que precede a su propia antelación, cargando el ambiente todavía con mas ensueño. Comenzó a caminar con renovada energía, escuchando sus pasos por aquel sendero silencioso, tras haber dejado su madriguera. Mucho de lo que veia delante de él le era conocido, pero la nueva falta de iluminación artificial generaba nueva penumbra y dobleces de luz que creaban nuevas figuras, y daban pie a su voluptuosa imaginación a lo que fuera.
Con cada metro que avanzaba, las luces variaban en un intermitente ir y venir, oscureciéndose e iluminándose. Terminó por darles una espcie de desprecio, puesto que caminar por las sombras le agradaba mucho más que ser iluminado. Dentro del manto de la noche se sentía acogido, protegido... como pasar desapercibido.
Al fin, llegó hasta donde debía esperar. Comprobó que no se olvidaba nada, y espero. Nunca supo cuanto tardó, pero al fin llegó, acompañado de una conjunción de ruidos mecánicos que ya conocía perfectamente. Se subió y adoptó su lugar allí dentro, un cajón iluminado por pálidas luces blancas que exhibían los rostros de sus nuevos compañeros sin piedad alguna. Había excitación en algunos rostros, había sueño en otros: y había otros como él. Cazadores, pensó en un término. Paseantes, resonó en el eco de su mente. Dedicó el desgaste mental a otra cosa, y comenzó a mirar hacia afuera.
Fuera del artefacto, todo oscurecía. La vieja jungla de concreto, precariamente iluminada, era triste relato de lo que antes hubiese sido. Pensó en la tempestad tres días atrás, pensó en los trozos de hielo cayendo del cielo, recordó su propia experiencia en aquella ocasión e imaginó algunas otra suq ele habían contado. Inclusive gastó tiempo en pensar como continuaría aquella situación, como aquel paisaje de decadencia evolucionaría.
Poco a poco, sus compañeros fueron desapareciendo, descendiendo, dándose por vencidos. Pocos quedaban cuando supo que era su turno de descender.

Afuera estaba incluso más oscuro que cuando había subido. Miró el cubo de luz que se alejaba con sus ruiditos mecánicos, y respiró. Otra vez el aire fresco, otra vez volver a caminar solitario por aquellos callejones, aquel laberinto marcado. Unas luces de Sodio dieron, en un recodo, un tinte extrañamente bizarro a todo. No se divisaba ser humano en metros de distancia, ni tampoco rastro alguno de ser viviente. Sin embargo, no había quietud alguna que indicara la devastación total, ni tan siquiera una señal de seguridad. No era miedo lo que sentía, ni tampoco ganas de hacer algo: comenzaba a caminar mecánicamente, sabiendo hacia donde tenía que ir. Cada tanto, fogonazos de luz aparecían, como faros intentando tragarse la oscuridad incipiente. Arriba, las estrellas eran mudos testigos de lo que pasaba ahí abajo.

Al fin, llegó. Se metió en la rendija como una exhalación, intentando pasar desapercibido. Se quedó escuchando unos segundos antes de hacer aquel movimiento, de oprimir el interrumptor que brillaba en la oscuridad que reinaba ahí. La voz surgió, casi eléctrica:
-Quien es?-
-Soy yo Juan-
-Ahí voy-
Corto el mensaje, corta la espera, Juan apareció vestido como siempre se vestía para esas ocasiones, con la sonrisa fresca y la energía necesaria. Era curioso, siempre se sentía más viejo, más débil, más pequeño a su lado. No sabía por que, pero le generaba algo de envidia suponer que él tenía un secreto maravilloso para aparecerse siempre con aquella sonrisa.
Hechos los saludos necesarios, comenzaron la búsqueda. Continuó una serie de conversaciones con respecto a la Tormenta de días pasados, de la familia, del trabajo, de la diversión. De lo que harían aquella noche. Cada tanto guardaba silencio, dejándolo que fuera intermediario y a veces mudo interlocutor entre ellos.
Al fin, llegaron hasta el lugar indicado. Su mente entró en un estado catársico, y ya no recordó demasiado mucho... solo pensó, antes de comenzar la caza, en que esta vez lo haría. Esta vez guardaría recuerdos suficientes como para que quedara registrado.....

Horas despues... Juan había vueto a su rendija, y él se hallaba solo y lejos de su madriguera, aunque seguía en aquel estado catársico en que se había sumido. Sin miedo ni nada, solo pensando en metáforas que escribir y ordenando los hechos en su cabeza...
Tras un breve viaje, llegó hasta el sendero conocido. Sacó la primera llave, y girando dos veces entró en el preludio, iluminado por las estrellas. Sacó la segunda llave, y abrió la otra puerta. El vaho de aire caliente le golpeó como una maza blanda, y casi le obligó a desvestirse. Saludó a un par de bestias que solían convivir con él, y tras unos pocos pasos se encontró frente a aquella singular máquina, su ordenador, escribiendo un pequeño y mediocre texto. Y llegado a este punto, no conforme con lo redactado, creyó que nada nunca le sería suficientemente bueno. Maldijo no recordar algunas buenas metáforas que creía haber imaginado. Bebió un poco más de aquel líquido negruzco, y con unas pocas palabras más quiso hallar buen final a aquella redacción. Concluyó que, a modo de moraleja, la expedición de esa noche le había dejado una conclusión. El hombre será un animal que piensa, pero sigue siendo un animal. No importa donde se encuentre, siempre saldrán a relucir vetas de lo que antes fue: un ser irracional, impulsado por el instinto.

Finalmente, y ya algo cansado.... terminó..... quedándose con ganas de algo más que le moviera en aquella noche monótona y silenciosa, casi como una película muda.