jueves, 19 de abril de 2012

Pimienta para la Razón

Tras estudiar la vida de un pobre escultor que venía desde bielorrusia y se suicidó en 1974 de la manera más insólita que puede suicidarse un escultor (de un tiro en la frente, cuando la tradición reza por porlan en los zapatos), Germán Delenzi no sabía bien a donde apuntar. Tenía en sus manos el objeto de su investigación; un pimentero labrado en marfil, con detalles de tintura negra, que había pasado por infinitas manos casi sin relación aparente.

Germán Delenzi era un hombre común, pero tenía el vicio de los hobbies, un vicio que suele atacar a amas de casa, jubilados y hombres incompletos. Generalmente, los hombres incompletos se tiran a actividades un poco más abiertas de género social; deportes, colecciones dinámicas y colectivas, entre otras yerbas. Sin embargo, Germán Delenzi tenía en sí la naturalidad de ser un relativo apartado; con esto no quiero decir que fuera un hombre antisocial, ni tampoco que fuera un recluído en alguna institución mental. Solamente se que le gustaba caminar a solas, que disfrutaba de las comidas con pesto y que amaba coleccionar antigüedades.

Hay dos tipos de coleccionistas de antigüedades; el hombre que admira la factura del objeto y el hombre que admira la historia del objeto. Germán pertenecía al segundo grupo, aquel que pregunta al dueño transitorio en una casa polvorienta el precio y la historia de un objeto antes de adquirirlo. Cuando Germán supo que había pertenecido a un suicida, no pudo más que adquirirlo. A todos nos gustan los suicidas, después de todo.

Como contador que era, Germán tenía a su disposición unos cuantos contactos (sin contar con los contactos de su típica agenda de investigador amateur, entre los que estaba el reverendísimo Ministro de Cultura de la Nación) y un arsenal de preguntas que solía disparar. El pimentero era antiguo y era de factura fina; una adquisicón más que valiosa por unos mugrosos veinte pesos. El escultor suicida, Alejandro Benek, había vivido en su ciudad hacía algunos años. No había sido un tipo famoso ni tampoco un pobre hombre que vivía devorando sus sueños; había subsistido a base de encargos y talleres, como la gran mayoría de los escultores. Sin embargo, su orígen eslavo le daba una pista a Germán de donde mirar. Habló con amigos y conocidos del escultor, gente de edad en su mayoría, y todos lo recordaban como un hombre tranquilo, bueno, que les había asaltado amargamente enterarse de su muerte. No pudo obtener demasiadas cosas en claro respecto a él mismo, pues vivía solo y solamente tenía familiares en la vieja Europa.

Tras comunicarse con la familia Benek, se enteró que Alejandro tenía sus anotaciones personales hasta la fecha de su muerte, pues tenía el férreo hábito de escribir. Tras explicarse y solicitar el papeleo, Germán comenzó a investigar el orígen de su propio objeto, sin evitar echarle una mirada a las últimas anotaciones del difunto. Como esperó, no pudo encontrar nada que pudiera decirle porqué se había pegado un tiro. Pero encontró, tras largas noches en vela, el lugar donde el pimentero había sido comprado. Dejó agendado un viaje a cierto local de antigüedades para sus vacaciones y se olvidó del asunto.

Hubiese pasado desapercibido en su viaje, no obstante, de no ser la tiendita tan pintoresca. Entró, casi sin acordarse, y cuando leyó el nombre supo que tenía que estar ahí. El anticuario, un hombre de su edad, le dijo que el que debía saber el orígen de aquel objeto era su abuelo, el dueño original de la tienda. A duras penas pudo conseguir la audiencia con semejante anciano, que rozaba los cien años de edad con dedos arrugados y manchados de nicotina.

El viejo, que no hablaba español, pudo, a través de su nieto, contarle que ese Pimentero había pertenecido a franceses, de hecho a la nobleza francesa, y también a rusos. Había leyendas que lo vinculaban también a la reina Juana de España, conocida como La Loca. Pero, según su ajada memoria, el que había tenido la gracia de solicitar ese pimentero como objeto de una larga adquisción de vajilla había sido Iván IV de Rusia, conocido mejor como Iván El Terrible. Germán no preguntó más y se volvió a su sur, sus tangos y sus cuentas. Por un lado, estaba decepcionado porque no sabría nunca en un objeto tan antiguo quién había sido su artesano, gracias a sus modestos recursos; por el otro lado, porque la billetera le tiraba de las ropas reclamándole que volviera.

Sin embargo, Germán tuvo una relación extraña con el pimentero. Realizó una investigación sobre los nobles franceses que había citado el anciano, y resultó que, para colmo de males, habían resultado todos pederastras. Ambas figuras monárquicas también citadas habían sido mordidos por la locura, en uno u otro sentido. Sin embargo, Germán no entendía qué podía ser cierto; si el viejo era un aficionado a la historia de los locos y le había hecho una mala pasada, o había de hecho un siniestro hilo conductor entre el pimentero y sus dueños.

Germán era un hombre común, y como tal, su estanque de dudas y certezas siempre había sido y era playo. Sin embargo, este pimentero que ahora tengo en mano y que me ha hecho escribir esta breve reseña le sirvió en los últimos años de su vida, cuando todo se puso gris. Por gracia o desgracia, cometió equivocaciones y fraudes. Y cuando estaba a punto de ser atrapado, fundó con todo lo que había robado una fundación dedicada a las palomas, si, a las palomas, una sociedad protectora de palomas a las que llamó inevitablemente Fundación Delenzi, alentada por polleras y desganos municipales.

Hoy día, Germán es recordado como un hombre fiel, bueno; una especie de Robin Hood de los delincuentes que arruinan autos sin asco. Sin embargo, ante su pronta muerte al arrojarse a las ruedas de un tren, cuando iba a ser arrestado, solo puedo dejar plasmadas en sus propias palabras la mejor de las conclusiones, refiriéndose nuevamente al siniestro pimentero.

"El Pimentero me ha hablado anoche y me ha dicho que él cargaría mis culpas, como siempre lo ha hecho; que su verdadera maldición, su karma, era ser la excusa de la locura de los hombres. Y que no había problema con ninguna de las licencias que me tomara; él se encargaría de alimentarse con su leyenda, hacerla crecer y pasar a otro dueño. Si la memoria sobrevivía, entonces podría existir otro como yo. Es gracioso..."

Hoy día, ese pimentero está en mi casa (me lo he robado de la central para la que estuve haciendo esta investigación), encerrado en una despensa, y sinceramente no sé si tengo en mis manos un objeto maldito o una licencia para comportarme como quiera en los últimos días de mi vida.

lunes, 26 de julio de 2010

La Muerte del Hombre Inglés

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía.

No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos;
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo,
por eso hay muertos que en el mundo viven
y hombres que viven en el mundo, muertos.

Ricardo Palma


No hay peor madrugada que aquella del trabajador que se sabe mañana otra vez bajo el mismo techo, las mismas alfombras pedorras, el mismo tufo que no limpia ningún aire acondicionado. También el del cascarudo que se sabe observado, pero no codiciado, ni tampoco comprendido. Es feo armar una bola de bosta propia cuando todo el mundo aborrece la bosta.

También hay un par de elementos que acompañan a esa clase de madrugadas: la música para acompañarse, un poco de placer propio proporcionado por una bebida caliente, especialmente para no quebrarse; un par de cigarrillos para hacer de tu aliento algo peor y el insomnio voluntario. Y aclaro; el insomnio voluntario es una de las cosas más pelotudas, y sin embargo necesarias, a las que puede recurrir un ser humano.

Pero hasta las madrugadas de este tipo suelen tener frutos, y son excusas las que nos presentamos para rehuírle al bulto de la almohada, la cama, un descanso sin sueños y sin satisfacciones. Y de repente, el mismo cascarudo que armó su bola de bosta, orgulloso de ella y de su propio trabajo, se ve obligado a destruírla. Ya sea una decisión estúpida o un convencimiento real, el cascarudo destruye la bola de bosta y la deja enterrada junto a su caparazón, sus cuernos, sus ojos de insecto y su mente de insecto.

Todo se complejiza una vez que aprendés a observar. Todo se complejiza y se vuelve cada vez más bizarro y con más niveles, inventados o descubieros. Lo que una vez era un mundo sencillo y feliz donde las bolas de bosta eran todo lo que importaban, había más cosas que observar. Había una madrugada, había una mañana; había vuelo de pájaros y tierra lavada por la lluvia. Había el concreto de la ciudad y el humo de las fábricas, y también revuelos de capitales desconocidas, y ciudades eternas que no eran bautizadas por ningún sacerdote.

También había huelgas, injusticias (o justicias escondidas), revoluciones, bombas, inventos, muertes en masa, entierros, desapariciones, amoríos y experimentos, sucesiones, falsarios, lujuria y farolitos. También había empedrados y olor de muebles viejos, muelles muertos y personas muertas.

Por supuesto, también había sueños y esperanzas. Había preocupaciones y terribles dolores de cabeza; fantasmas de personas que siguen vivas, y recuerdos de sensaciones. Se dan cuenta cómo la realidad va trucándose a sí misma y se abre, como la cola de un pavo real o un cristal deformado, o inclusive como un caleidoscopio?

El cascarudo, pobre bicho simple, trata de asimilar todo aquello que se le viene encima; más que nada porque se da cuenta de que la bola de bosta es literalmente una bola de bosta y que no es más que un átomo en la estructura del mundo (no incluyamos al kosmos, que nos vamos por las ramas). El cascarudo va asimilando de a poco, lentamente, porque es solamente un insecto y no puede creer que todo eso se le haya pasado por alto durante tanto tiempo. Y como es jóven todavía, comienza a tragar, como los cachalotes de los que ha leído, todo el volúmen del opíparo conocimiento, el océano que hay que reclamar.

Pero la historia del cascarudo es la historia de nunca acabar, porque una vez que ha asimilado (o cree que lo ha hecho) uno de los niveles de la realidad que ha descubierto, se abren dos. Son las cabezas de la hidra que no pueden ser cortadas para que el bicho muera; siguen creciendo, de dos en dos.

Pero el cascarudo no se deprime, a pesar de que la cima de la montaña parece cada vez más lejana. Ve que los otros cascarudos que, como él, se han lanzado a la conquista de la vida, se tornan cada vez más taciturnos, más cansados, más rutinarios. Pero éste cascarudo persiste y continúa. Las voces de los Maestros lo alteran o lo calman, dependiendo de su humor. Las drogas los confunden y lo alientan. Las compañías se tornan malas o buenas, pero nuestro valiente insecto prosigue su conquista.

Inevitables como son todos los días, llega la mañana en que el susodicho se detiene, y pasa a formar parte de la horda de cascarudos detenidos. Ha logrado dejar la sencillez de su bola de bosta y está orgulloso de sí mismo, sí, pero también está cansado y enfermo en todos esos niveles que ha descubierto; en todos y cada uno de ellos.

El Cascarudo podrá dejar su antorcha para que otros prosigan, pero así como nuestro protagonista soñará con su bola de bosta hasta el día en que la parca decida hacerlo bosta a él, otras bolas de bosta se armarán por otros, para otros y hacia otros. Y habrá cascarudos que lo sufran, lo comprendan o inclusive lo detesten.

martes, 22 de junio de 2010

Sobre Renguear


Menos problemas se puede hacer uno si renguea, tranquilo, delante de las fauces que iban a devorarlo. No tiene caso abalanzarse sobre un animal rengo; sea porque ya otro lo ha herido antes, o porque costará trasladarlo hacia el hogar.

Pero tampoco es sencillo renguear, ni tampoco es de solución fácil o breve. Huelga decir que ya, al imitar un andar entorpecido, tenemos que entorpecernos a nosotros mismos y, con esto, estar negando abiertamente los dones propios que nos otorgó la madre naturaleza. Por otro lado, el entorpecimiento premeditado no es de sencilla ejecución; la gran mayoría de nosotros piensa que si, y no es así. Estamos tan acostumbrados a una sola rutina cinética, que poco podemos hacer al repetir un movimiento espontáneo. Donde está la dificultad en repetir la espontaneidad? Precisamente en eso, en tener que hacer rutina y meternos en las venas un movimiento que, es mejor y lo creemos así, sacamos usualmente de la galera.

Todo nos lleva al quid de la cuestión, o a la manzana que corona el pastel; para que renguear en un primer momento?

Este texto, embrutecido en repeticiones e introducido sin preámbulos, puede resultar de difícil digestión en un primer momento, pero siempre se le puede echar encima un poco de caramelo, o alguna salsa curiosa que nos haga más sencillo el ablande de lo tosco que se vuelve, al tropezarse entre rincones y medianoches.

Renguear, decía, es una manera sencilla de pasar delante de los depredadores sin correr la desgracia de poder suscitar su hambre. Claro está que los depredadores no son tales y que se les puede poner miles de nombres, pero yo solamente soy el que hila las metáforas y no el que da verdaderos significados.

Renguear, también dije, no es tan sencillo como parece, aunque no me voy a detener en estos puntos considerando que ya fueron explicados antes.

Renguear... porqué renguear?

Si vas al caso, podés hacerles frente a los depredadores (dejemos de llamarlos así y resumámoslo en leones), hacerlos retroceder y dejarlos sin aliento, mientras vos, herido y cansado, podés pasar tranquilo al coste de algo de vigor físico. Claro, también podés renguear.

Los leones jamás van a comerse a un rengo. Y vos, con la suficiente práctica, podés ahorrarte todo el problema físico y los moretones y, algún dia, los zarpazos en el lomo.

Pero renguear es de cobardes, es de cómodos, o es simplemente otra manera de enfrentar a los leones?

Creo que nunca, jamás lo sabremos hasta que juguemos a la rayuela delante de sus hocicos, o hasta que nuestra pierna derecha se reduzca a poco menos que un hueso, o hasta que tengamos que usar un apoyo extra para poder desplazarnos.

Triste lozanía la del rengo de mentiras.

Libido lívido




Este juego de palabras me refiere instantáneamente a muchísimos casos y situaciones, específicamente a las de gente que, o bien carece de libido, o tiene una carga tan poco significante que no puede caberme en la cabeza el hecho de existir sin él.


Para mi, la carga libídica es algo tan natural y asumido de mi naturaleza humana como lo son mis sueños y mis piernas, y no creo que pudiera vivir sin ninguno de ellos; o bien, para no ser exagerados, viviría una vida miserable.


Si bien puedo empezar a enumerar casos que se me vengan a la cabeza (y no son pocos), tanto casos puntuales como instituciones que a lo largo de la historia se han encargado de suprimir la libido de los individuos, no lo haré por el hecho de que se convertiría en un escapulario de quejas, como son casi todos los textos que se refieren a esta clase de temáticas.


Solo voy a referirme a la libido como aquella parte nuestra, aquel fuego que late en nuestro corazón en ciertos momentos, las manos que se vuelven de seda en las noches, el roce de los labios que vuelve loco a más de uno.


Y es que con semejante propaganda y semejantes recursos lingüísticos apuntando a la pobre víctima de carga libídica inerte, es poco posible escapar a sus redes, y me desolla la mente el saber que existe gente así. No es para nada fácil el imaginarse conceptos poco comprensibles, y ser un poco exagerados al momento de concebir y transformarse, pero, sin temor a la humildad, digo que no me cuesta tanto imaginarme otra clase de cosas extremas, más que a cierta clase de personas.


Los que entierran a su libido son esa clase de personas que no puedo concebir.

Me imagino todo lo anterior, me imagino todas las provocaciones anteriores, me imagino toda clase de partenaires y de afrodisíacos, todo ese arsenal que la mente humana se ha esforzado en imaginar, crear y transformar a lo largo de todo este tiempo. Y para que? Para nada!


Gente sin esa clase de fuego, pero con otra clase de inclinaciones y otra clase de pasiones. Y es que, si sobre-entendemos que todas las pasiones beben de una sola fuente de empuje, nos resulta entendible que exista gente de esa manera. Puedo comprender que existan personas a las que les emocione la bibliotecología, aunque a mi me parezca un estudio aburridísimo; porqué me cuesta tanto concebir una persona que, al contrario de mí, no tenga ni una sola papila gustativa para el sexo?


Este texto va más allá de toda productividad y ya me parece lo suficientemente hueco como para terminarlo; los dejo con la imagen del cadáver de la libido, esa mujer alta y huesuda que todos conocemos, siendo velada por un puñado de personas que la despiden con una sonrisa.


Fuiste buena compañera, dicen, pero ya no te necesitamos más.

Máscaras sin Recortar; Explayado

Cuando pensas que sos original, la memoria de la literatura te asesta un golpe mortal. De la mano de Oliverio Girondo, una explicación a las Máscaras sin recortar.





Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.

En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!

Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Máscaras sin Recortar


Todos nosotros contamos con un arsenal de máscaras, sea más o menos reducido, o más o menos variado. Las Máscaras, fuera de la teatralidad del término, son elementos de una necesidad casi primaria por el ámbito en el que vivimos; todos necesitamos lucir una y otra máscara, dependiendo del contexto, el individuo (se admite también ente) que tengamos delante, nuestro humor, la época del año, de nuestra vida... una infinitud de factores determinan qué máscaras llevamos en qué momentos. Pero no vengo a examinar a las máscaras hoy, sino a otra clase de máscaras y a ellas precisamente me voy a referir y también voy a inferir al respecto.

Cuando uno crea una máscara, la crea o a conciencia o inconscientemente, dándole un poco de terminología moderna a la cosa. Pero en el camino de creación de la máscara, quedan un montón de recortes, un montón de bocetos, tiras de papel arrugado, colores sin usar y otras cosas que, si bien no deben olvidarse, tampoco se las debe considerar relevantes. Sin embargo, en el espacio de tiempo en que adoptamos nuestras máscaras preferidas, hay máscaras terminadas, cuyo único paso faltante es el hecho de ser recortadas, y sin embargo permanecen ahí, en el ático de nuestra vida, perennes y sin embargo, envejeciendo (como todo lo que somos y tenemos nosotros).

Estas máscaras sin recortar son particulares; particulares porque pocas veces son destruidas, y pocas veces dejan de significar lo que significan; después de todo, que cosa más cargada de significados, simbología e iconografía que una máscara?

Estas máscaras, decía, son como fotos viejas, que nos siguen tirando agua que ya se secó hace mucho tiempo, dándonos la mano con amigos que ya son polvo en el pasado (y no precisamente porque estén muertos, o alguna vulgaridad por el estilo), haciéndonos recordar lo que sentíamos cuando vestíamos aquel viejo traje, nuevo entonces, con el pelo tirado hacia atrás a la gomina.

Y una vez más me pregunto; porqué estas máscaras nunca pudieron brillar en el escenario de la vida? Porqué esa máscara particular, preparada para que una posible noviecita de la infancia vea, nunca besó con labios de niña la mejilla sonrojada de un varoncito? Porqué esa otra máscara, hirsuta y greñuda, nunca se atrevió a lucir por las callejuelas retorcidas y empedradas, manchada su boca de vino barato y sus ojos, legañosos? Porqué aquella otra máscara, la de la milicia, tampoco brilló? Y aquella otra, la del maníaco encendido bajo las estrellas, estrangulando algo que segundos antes estaba vivo? Y la otra también, la del abogado que se la pasa entre iguales, fumando habanos grandes como una casa? Que pasa con la máscara de monja, que ocultamos cuidadosamente, aunque ella le rece a Dios el Rosario todas las noches? Que pasa con la otra máscara, la máscara más sencilla de todas, la máscara rasa de recién nacido, recién graduado, o recién venido?

Me encuentro entonces ante mi némesis constante y declarado; el tiempo. No puedo dejar de pensar que sin él, la ecuación de las máscaras dejaría de tener sentido para resignificarse en la eternidad y lo perenne, la multiplicidad de las ópticas y el trabajo conjunto de la compleja mente humana. Es imposible contemplar esta posibilidad? Es posible dentro del marco de la probabilidad, pero no del de la exactitud. Además, la mente humana actual no está preparada para un shock de tales dimensiones; enfrentarse a la cantidad de supuestos, sobrenombres, trajes viejos, muertos (literales e imaginarios), palabras, perfumes y melodías volvería loco a cualquiera. Es más, ahora mismo estoy considerando escribir algo respecto a eso, y a la fortaleza de la mente humana... pero no, sería demasiado pegajoso (Aunque quien sabe, a veces mis demonios tentacionales me ganan).

Dejar el tiempo de lado nos permitiría vivir y sufrir a través de todas las máscaras, pero, es probable que pudiéramos, con cada una, sobrevivir al resto, sin prejuzgar y sin aniquilarlas? No nos mataríamos a nosotros mismos en el proceso? O acaso es mejor vivir con un número limitado de máscaras, sin saberse llevar, con el facón abajo del brazo para desenvainar ante quien pregunte por las otras, aquellas que están en el átco?

Es curioso...

El Árbol del que Caímos


Imaginarse un Árbol parlanchín, lleno de ramas colosales y kilométricas, con un tronco tan grueso como el núcleo de la tierra mismo; un baobab colosal que devorase el cosmos y del cual pendieran, como frutas maduras, las figuras de cuerpos humanos (de cinco mil millones, eh) es fácil, y difícil a la vez.


Piénsenlo un segundo y se van a dar cuenta.


La imagen fácil y la imagen difícil están encerradas en unas pocas palabras; la imagen fácil es la imagen que se describe con pocas palabras y que vemos en un flash de ojos, como quien pestañea y ve caer una hoja contra la luz del sol; es algo que no puede tener detalles, pero es algo. Y en ese algo absorbe la dificultad aparente que encierra; es un objeto sencillo, recortado contra la luz del sol, pero es un objeto. Inamovible y móvil a la vez. Con detalles difuminados, como rozados sobre vidrio esmerilado. Insinúa la complejidad de la que carece, y disfruta con cada caída, como aquella hoja desprendida, los ojos de miles de personas que la ven solamente en un pestañeo. Es fugaz, y porque es fugaz sufre; perecerá en la memoria y será abono de otras cuestiones; pero sin embargo, continuará siendo algo que ya no es, y mutará en forma impredecible. Probablemente tenga ramitas y hojas, y cuente con un ser humano nuevamente; pero esa es sola una de las posibilidades.


Por el otro lado, la imagen difícil es todo lo contrario; plagada de detalle, de un árbol terriblemente nudoso que sube hacia al cielo y abre su copa como muchísimas manos orando hacia los astros; su tronco, recorrido por vetas y nudos, parece haber sido tejido por un carpintero fantástico, o tejido por un coloso que fuera alérgico a la lana, cual bufanda viviente. Miren los cuerpos meciéndose en el viento, apenas bosquejados con grafito y vestidos con ropa cualquiera; por aquí, un negro pequeño y brillante como un ópalo; por allá, un hombre extremadamente pálido que se mece apenas de la rama de la que cuelga. Niños, millones de niños que se agrupan y mecen, como un rebaño dormido soñando qué travesura harán mañana. Mujeres, personas, ancianos. Todo recortado sobre el árbol en sí, el árbol de raíces monstruosas que devora el suelo sobre el que pisa, y que sin embargo alberga en su seno a semejante cantidad de personas, que crea y descrea los hombres que cuelgan de sus ramas. La luz de un sol distante se filtra entre los millones de cuerpos; alguno de esos cuerpos parecen pétalos de flores al viento, cuando éste sopla; otros simplemente parecen piñas a punto de caerse. Y entonces sucede, y la música del viento cesa cuando no uno, sino varios hombres y mujeres bastante arrugados, y otros no tanto, y un puñado de niños se cae a tierra. Uno atenta a moverse, pero no puede, es espectador. Uno se estremece al imaginarse la altura de leguas desde las ramas al piso; pero también ve algo en sus rostros mientras caen la larga caída; ya están en paz cuando se desprenden del árbol. Y el suelo del árbol está plagado de cuerpos mustios, de brotes que se cayeron por ventura o porque ya era su hora. Y las raíces del árbol se remueven como serpientes, o como una boca tentaculosa que no quiere largar su alimento, y chupa con más fuerza. Si, ése mismo árbol que nutre a sus hijos con otros hijos, es el mismo árbol que los hace caer para sobrevivir.


Pero por supuesto, podemos especular (ahora llega el momento) un montón de cuestiones. Qué quiso decir el autor con esa metáfora? Porque la referencia a la diferencia entre las dos imágenes? Porqué hay énfasis en remarcar esa especie de apología al equilibrio? Porqué usar un árbol, seres humanos y pestañeos cuando se podrían usar puertas, perros y tráfico, o carnavales, calesitas y peras de madera? Qué sacamos en claro de cada imagen? Quien pestañea y quien se queda mirando los detalles? Dios está en los detalles?


Podemos seguir especulando, amigos, pero el árbol prosigue su actividad, pestañeada o no, a pesar de todas las palabras que un autor pueda decir (o no) respecto a él. Y como realmente no me interesa sacar conclusiones, sino admirar al árbol en detalle (no soy de los que pestañean), me llamo al silencio y los dejo a ustedes con el suyo.

lunes, 19 de abril de 2010

Fobia Onírica


-No me digas que es por eso?-
-No, dejame que te termine de contar - dije, nervioso y molesto con mi interlocutor, apagando el cigarrillo con fruición- el sueño recién empieza ahí-
-Bueno, contame-
Me tomé unos segundos para tratar de volcar sobre mi lengua el contenido que guardaba en mi memoria, pero también en los sentidos y el cuerpo. Ese calor y movimiento propios que solo se viven en sueños, esas realidades cubiertas de gasas y otras cuestiones más. No es sencillo explicar un sueño; pero éste particular había cambiado tanto mi comportamiento que Héctor estaba un poco preocupado.
Pobre Héctor. No lo culpo, es un buen tipo, pero no es el mejor a la hora de explicar esta clase de cosas.
-Mirá, lo que me contaste hasta ahora era que te subías al bondi- dijo él, bebiendo un poco de su café -Y después te dabas cuenta que no se subía nadie más, y que las cuadras se alargaban-
-Se alargaban, si, pero no como se alargan en Venado Tuerto o en Baigorria. Las cuadras seguían midiendo lo mismo, pero aunque el colectivo iba bastante rápido, no terminaba de pasarlas-
-Bizarro-
-Indeed- respondí, prendiendome otro pucho -Y después me di cuenta de algo más grave. Había cuadras que no habían estado nunca ahí, siempre pasando con la misma lentitud irreal. Me preocupaba un poco, pero eso si, estaba tranquilo; terminaría por llegar a algún lugar algún día-
-No parece tan siniestro-
-Todavía no me había dado cuenta de lo peor. Después de un rato me avivé; nadie se bajaba tampoco. Todos estaban sentados, con la misma expresión, mirando hacia adelante-
-Parece un cuento de terror para chicos- dijo Héctor con una tranquilidad que me voló la cabeza.
-No es para reírse! Era muy real!-
-Está bien, está bien, seguí-
-Entonces pasabamos por enfrente de la facultad. Me levantaba y tocaba el timbre, pero el colectivo no se detenía. Volvía a tocar...-
-Y no se detenía-
-Dejame terminar de contar, la puta madre!-
-Bueno bueno boludo, tampoco te pongás así-
-Te digo que fue muy real. Fue más real que cualquier sueño que haya tenido en muchísimo tiempo-
-Dale, seguí-
-A la tercera vez de tocar el timbre y que el colectivero no me diera pelota, y viendo que nos alejábamos considerablemente de la parada, me iba hasta el frente. Pero ahí me daba cuenta de otra cosa-
-Que más?-
-Dejá de interrumpirme porque te voy a tirar el café en la cara-
Silencio de ambos lados. Reanudé el relato:
-No podía hablar. No era que no pudiera abrir la boca o que no tuviera lengua; hablaba, pero no salía sonido de mi boca. Sentía el aire pasar por las cuerdas vocales y todo, pero nada...-
-Jodido-
-Encima empezábamos a entrar en una zona fea, fea, fea...-
-Una villa?-
-No, nada que ver. Un barrio de edificios gastados, casas en alquiler y veredas rotas. Pero lo peor de todo eso era que no había una sola alma en las calles, y tampoco parecía que a nadie le importase. A decir verdad, me empezaba a dar cuenta que tanto los pasajeros como el colectivador no tenían conciencia de qué hacían ahí. Y no tenían idea, tampoco, de lo que les estaba pasando-
-Qué les estaba pasando?-
-No te das cuenta?- dije, exasperado - Un colectivo que te lleva a ningún lugar! Hay algo más feo que estar viajando todo el tiempo, sentado, esperando una parada que sabés que no va a llegar?-
-Che, pero no es para tanto. A mi me gusta viajar en bondi-
-Y a mi también me gustaba, Héctor, a todo el mundo les gusta. Pero no es el viaje en sí lo que lo hace placentero, sino el recorrido. Uno conoce el recorrido, conoce la gente en las veredas, le da gusto mirar una chica desde ahí sin que te vea, te encanta ver los pases de los semáforos... pero solo por un tiempo-
-Si lo ponés así...-
-Claro que lo pongo así! Como pude haber sido tan ciego tantos años? No te das cuenta vos tampoco, Héctor?-
-Qué?-
-Les estamos confiando nuestra existencia! A todos los medios de transporte que nos llevan a algún lugar! Uno no se sube a un bondi para subirse, uno se sube porque quiere llegar a alguna parte! No te das cuenta? Qué pasaría si solo continúa el recorrido, que pasa si el tiempo se detiene, que pasa si nunca, jamás, aparece esa parada que tenés que tomar?! Que pasa , Héctor?-
-No seas exagerado, fue un sueño nomás-
-Pero y si pasara?-
-No va a pasar! Mirá que un chofer va a seguir manejando y que nadie se va a bajar...-
-Puede pasar-
-No puede pasar-
-Admitimelo Héctor. Y qué si se da la chance de que un grupo de personas no se quieran bajar, por algún motivo propio, y que el manejero continúe yendo por su ruta, por la ruta del colectivo mismo?-
-En algún momento va a tener que parar a cargar nafta-
-No, porque el colectivo no la necesita! No entendés, verdad? Cuando estás en el colectivo, no es el colectivo el que se mueve, es el mundo! El colectivo hace que el mundo se mueva mientras él permanece quieto en el espacio! La nafta y todas esas pelotudeces son un invento-
-Ahora el que está hablando boludeces sos vos, Pancho-
-Bueno, que querés que te diga- dije, apagando el cigarrillo -Por lo que a mi respecta, nunca más voy a tomar un colectivo. No le voy a confiar mi libertad y mi mundo a esos aparatos toscos de espacio reducido-
-Creo que necesitás tomarte las cosas un poco con calma. Descansar un poco, ver gente nueva...-
-Ya sonás como mi vieja. Vámonos, estoy podrido de hacerle entender a la gente porqué le tengo miedo a los colectivos-
-Es que es difícil entenderte, Pancho-
-Por lo menos vos lo intentás, Héctor. No como el resto de la gente que hace como que escucha-

Pagamos, salimos del bar y nos abrigamos. Era de noche, y ya hacía frío. Nos quedamos un momento mirándonos y nos dimos un abrazo. Por la esquina pasaba un 115. Lo miramos, nos miramos y nos sonreímos apenas.

Que tipo grande este Héctor, siempre me banca cualquier manía






A Angélica Gorodischer

Rebuild

Y así, de repente, sinprevio aviso, el rincón gris vuelve a la actividad como un relativario de ideas, donde las historias que tengo pendientes en la cabeza puedan ir colgándose.

Es raro. Extrañaba y no extrañaba tener un lugar donde escribir. Necesitaba y no lo necesitaba.

Bue, el tiempo lo dirá

sábado, 19 de diciembre de 2009

Pausa de Vacaciones

Venía prolongando la Pausa durante un tiempo demasiado largo. Así que bueno, el Blog queda en Stand By durante un tiempo, al menos hasta que entremos bien en el año que viene y pueda organizarme un tiempito para dedicarle.

Un saludo

martes, 17 de noviembre de 2009

El Afilador

La felicidad es la ausencia de la búsqueda de la felicidad

Zhuangzi











Los comienzos no fueron nada fáciles. Caminar por la ruta era difícil y cansaba mucho; tenía que detenerme seis veces al día por lo menos, y recuerdo que por entonces pensé que las caminatas de mi pueblo no podían siquiera llegar a un décimo de lo que requería para recorrer la ruta a pie. Intenté también hacer autoestopismo, pero era en vano; tardaba demasiado en conseguir alguien que me llevara, y siempre tenía que ser por trechos cortos, porque, como había sospechado de mi mismo, no tenía una meta fija. Tenía el sueño loco de hacer una rápida recorrida por mi país, y luego... quien sabía. Lo importante era buscar el lugar, la persona, lo que fuera que estaba buscando; esa misma necesidad de salir de mi casa me impulsaba a salir de los pueblitos a los que llegaba.

Por fortuna, la ruta estaba regada de pueblitos como el mío que seguían el viejo cordón industrial, que ya no existía, o existía en parte, por lo que la recorrida por la ruta, si bien tomara un día o algo por el estilo, tenía su recompensa en las múltiples paradas. Por ese entonces vivía a la intemperie, acampando cuando podía y sino pidiendo cobijo en los pocos hoteles que encontraba. Lo primero que me alarmó fue la rapidez con que el dinero de papá se me escurría de las manos, ya fuera para comer o dormir bajo techo.
Recordaba que pensaba en demasiadas metas y no en los métodos que me llevarían hasta ellos; entonces me di cuenta de lo poco que había recorrido y lo mucho que me faltaba por viajar.

Para cuando llegué a Santa Fe capital, poco dinero me quedaba, apenas para un par de paradas más al ritmo que iba gastando. Llegué a la conclusión de que no estaba acostumbrado al gasto de mi propia mano (cosa que en parte era cierta), y de que debía idearme una mejor manera para recorrer los caminos si no quería salir en las noticias, de allí a unos cuantos años, cuando descubrieran mi cadáver seco de inanición a un costado de la ruta.

Paré en Santa Fé un par de días, la recorrí un poco (ciudad bonita de gente sonámbula, como suelen ser las capitales), y me marché, siempre hacia el norte.

Fue hacia el cuarto día de viaje que me topé con el primero de tres pueblos que me darían un buen material para escribir. Por ese entonces solo gastaba mi dinero en comida, olía peor que un perro viejo y solía dormir al descampado, además de que parecía haberme agarrado un resfrío crónico, porque moqueba y tosía mucho por las mañanas y las noches, además de que dormir era un suplicio necesario y no un descanso placentero.

El primero de los pueblo se llamaba Trigales. Trigales era un pueblito chico, muy chico, de unos quinientos habitantes, que llevaba su nombre, me enteré mateando con una vieja el primer día, por una célebre plantación que no había tenido demasiada duración gracias al clima seco y la tierra ídem. La misma vieja (Doña Pancha, le decían, y le terminé por decir yo también) me invitó a comer, me sonrió y me presentó al único hijo que vivía con ella.
La verdad es que yo solamente me había parado un mediodía bastante áspero a descansar en la entrada de su casa, y la vieja, escuchando una radio más vetusta que ella, me había escuchado no sé cómo. Salió a la vereda y me ofreció unos mates, comentándome los temas que uno siempre comenta que se encuentra con un desconocido; el clima, la época del año, los caminos que conducen al pueblo.

No preguntó demasiado por mí, pero sonreía afablemente todo el tiempo. Le dije que era del sur, y me contestó que en este rincón del mundo todos éramos del sur, lo cual me hizo sonreír. Me contó de la historia del pueblo, me dijo que las empanadas se le estaban quemando en el horno y que me quedara a comer. Mi bolsillo y mi estómago dijeron que si, y superaron con creces a lo que mi cabeza y mi moral podían llegar a objetar.

El hijo era el más chico, según lo que ella me había contado. Trabajaba en el ganado que se criaba en una estancia no lejos del pueblo, en el segundo de los tres pueblos; Ortíguez. El pibe (que era más grande que yo en edad, pero parecía menos despierto; no que yo fuera un vivo bárbaro, pero parecía demasiado encasillado en su rutina) me miró al principio con desconfianza, pero después se aflojó al diálogo y ya me preguntaba que tal era Rosario, me comentaba que las pocas Rosarinas que había conocido eran hermosas y que cuando fuera viejo le gustaría irse a vivir allá, o capaz a Córdoba. La vieja nos miraba conversar y se reía, pero no decía nada.

Terminada la comida (las mejores empanadas que había probado en meses), el pibe (que se llamaba Miguel, por el contante) se levantó y se fue con un saludo. Quedamos la vieja y yo haciendo la sobremesa, y mientras ella levantaba la mesa y ponía unos tangos en la radio yo le cebaba unos amargos. Al final se sentó y quedó cebando ella (noté que le gustaba ser anfitriona), y sacando unos cigarrillos, que rechacé pues no fumaba, se encendió uno y se desplomó, placentera, sobre la silla.
Después de un rato de silencio y de escuchar la siesta de aquel pueblo tranquilísimo de sol demoledor, me increpó:
-Y vos, pibe - me clavó los ojos dulces de ancianidad -¿Que pensás hacer? ¿Que hacés acá, en el culo del mundo? Porque para buscar chicas te quedabas en Rosario, y pinta de periodista loco no tenés. La verdad, parecés bastante desorientado-
Yo no sabía cómo reaccionar, porque sin quererlo (o con toda la intención), la vieja había abordado directamente el tema de conversación por el que quería rumbear desde hacía un buen tiempo. La vieja parecía bastante bondadosa y solitaria, y ví reflejos en ella de una maternidad que yo extrañaba y, de alguna manera, necesitaba.

No fui hábil con las palabras; es más, ahora que lo pienso fue como si un chico le confesara sus primeros pecados a un cura. Le largué todo el relato de semanas a pata, de gastar la plata robada de mi viejo, de no saber cómo subsistir ahí en el norte, y de que quería hacer un buen recorrido, pues esa era la idea cumbre, el núcleo de todo aquello.

La vieja se sonrió más cuando mencioné el viaje. Parecía que su cara gritaba un "pobre, pobre pibito tan alejado de tu casa...", pero no dijo nada por unos momentos. Solo después de apagado el cigarrillo en un cenicero de porcelana me dijo:

-Cada tanto, sabés, cae un pibe como vos. Jóven, sin muchas ideas en la cabeza y con un sentimiento fuerte en el pecho de recorrer todo. Personalmente, creo que es mucho Ché Guevara, mucho de Violeta Parra y otro poco de juventud pura. Pero bueno, para qué están ustedes si no es para darnos un rato de conversación a los viejos, y para que los viejos nos sintamos útiles usando lo único que la jubilación no nos puede quitar: la experiencia-

Me quedé mudo mientras contemplaba a la vieja con la cara de estúpido más grande que había sentido, y me sentí acogido en su abrazo incondicional de vieja bonachona. Doña Pancha volvió a sonreír y me dijo:

-Te podés quedar unos días acá en casa. Miguel duerme mucho afuera y la casa es grande, además de que yo hace rato que vivo casi sola, desde que mi marido partió para el otro lado. Comida y techo no te van a faltar pero, ¡Ojito eh!, yo no banco vagos ni buscavidas. Yo te voy a tolerar viviendo acá y dándote de comer mientras me prometas que te vas a ir y vas a realizar ese viaje loco tuyo que tanto querés hacer.-
-Despreocúpese, Doña - dije, tranquilo -No me gusta ser un peso para nadie. Un par de días me quedo, pero nada más, tampoco quiero joderla-
-También vas a tener que aprender un oficio- dijo Doña Pancha, prendiéndose otro cigarrillo -No tenés más plata y la plata no brota del suelo. Tenés que aprender a hacer algo que puedas hacer en cualquier lugar que visités y que te dé plata. Nada que te ate acá o a ningún otro lugar, está bien?-
-Está bien- dije, como una réplica serena
-Pero prometeme pibe - dijo la vieja, poniéndose seria - que no te vas a achicar ni vas a dejar que te asuste el camino, aunque vengan degollando. Hay muchos pibes como vos ahí afuera, pero los que realmente valen son los que realmente viajan, y no los que a la primera de cambio se quedan acovachados de vuelta en casa, piden disculpas y se ponen a fumar y a trabajar como hongos. No. Prometeme que vas a viajar, que vas a aprender a trabajar y que no te vas a parar-

Me sorprendió mucho la franqueza de aquella mujer entrada en años que solo conocía de algunas horas atrás, pero había algo en sus palabras, en sus ojos cenicientos, en su casa, en aquel condenado pueblo detenido al sol y a la siesta que me daban una sensación de liberación que no se comparaba con nada. Y pensé que si había llegado hasta allí solo, bien podría continuar solo. Y con el ímpetu irrespetuoso que tiene la juventud le dije:

-Si, lo prometo-
-¿Por todas las Doñas Panchas del mundo?-
-Por todas- dije, sonriendo frente al chiste molestoso

El Recopilador Temprano

Dedicado especialmente a los Viajeros,
aquellos que viajan sin tener que trasladarse













Era tarde cuando decidí irme. Un poco peligroso, quizás; inseguro, casi con certeza; inexperto, por supuesto. Pero cuando las situaciones se vuelven lo suficientemente intolerables, durante el tiempo suficiente también, cualquier llega al punto de ebullición, y entonces es dado a encontrar una válvula de escape.

Mi válvula de escape había sido, hasta entonces, Un poco de tabaco por las mañanas y las tardes, y un poco de alcohol por la noche. El resto del día trataba de mantenerme lo más alejado que podía de mi hogar, pues sabía que allí residía el eje engrasado que giraba, enredando y estrujándome cada vez más. Solía dar largos paseos por los senderos que lindaban el río cercano, o caminar hasta el acceso a la ciudad y quedarme admirando la gente que entraba y salía, rauda y veloz. Solía, cuando tenía unas cuantas monedas, pagarme un colectivo hasta donde fuera, con tal de poder dejar mi cabeza vagar de una vez y no preocuparme.


También escribía, pero, por desgracia, por ese entonces no tenía conmigo más que mis dedos, una lapicera y mi voluntad. Además, en mi casa residían los ogros que intentaban salirme de encima, pisotearme o simplemente inportunarme.

Los ogros, es algo evidente, no eran otros que mis padres. Ambos llevaban vidas relativamente normales: sobrepasaban los cuarenta años desde hacía tiempo, tenían sobrepeso, consumían en exceso cosas que a mi me parecían banales. Trabajaban, ambos, como animales, en jornadas larguísimas que les consumían casi todo el tiempo de los días hábiles, junto a sus energías y su buen humor. Era curioso, porque esos padres (que, debo decir, eran adoptivos) me habían tratado durante demasiado tiempo demasiado bien; pero una vez que hube entrado en la adolescencia, y empezado a pensar por mi mismo y a demostrar mis primeras objeciones al modo de vivir, comenzaron a hacerme a un lado primero, sistemáticamente, y luego a continuar con el desprecio, que pasó del silencio propio de la desidia a los insultos regulares, para devenir en maltrato físico leve.



Yo, si debo presentarme, no se por donde empezar, porque ahora que reviso mis notas y presento formalmente estas crónicas, algunos recuerdos, especialmente los del comienzo, se hacen lejanos y evanescentes; poco puedo recordar de mi persona en esos días, y era poco de lo que soy hoy.

Recuerdo que era un adolescente relativamente normal; escuchaba música que seleccionaba yo mismo, tenía pocas relaciones durareras con gente externa a la familia, solía vestirme más por comodidad que por moda. Para dar una descripción física, me haría alto, de pelo rebelde y negro corto, con unos ojos grises que mis padres biológicos me dejaron atrás; sería un recuerdo aproximado, puesto que es la misma imágen de muchacho que tengo yo de mi mismo, pero no la exacta versión.

Había sido adoptado por la familia López a mis cuatro años, y en el momento de mi partida tenía diecinueve. Recuerdo que me gustaba más la soledad, leer los libros que lograba sacar de la arrugada y vieja biblioteca del pueblo, pasearme por las colosales calles de Rosario (aunque nunca me gustaba mucho ir a la ciudad, bien me molestaba admitir que tenía más recursos y libros). Descubrí mi gusto por la escritura hacia los trece años, un poco precoz e inmaduro, y escribía más de lo que hacía mis deberes. No fue sino hasta los diecisiete, que comencé a escribir en conjunto a una amiga (que falleció trágicamente un año después), que mi escritura comenzó a cobrar madurez. Probablemente la muerte de Gabriela tuvo que ver en el asunto; además ahora, reconozco, también fue la causa de que me volviera más hirsuto y hosco. Por ese entonces el maltrato de mis padres se había vuelto regular y constante, e intentaba disminuírlo ocupando la casa a horas en que ellos durmieran o trabajaran, y desocupándola cuando ellos transitaran el inmueble. La mayoría de las veces funcionaba, y tenía ya poco o escaso contacto con ellos; sin embargo, había roces necesarios en el ambiente, y, fuera que me gustaran, tenía que consensuar cosas.



Terminé la secundaria con un buen promedio, puesto que no era mal alumno. Por desgracia, por ese entonces (2005) sufrí la terrible falla del sistema educacional, sumado a mi instrospección y poca comunicación social; el desconocimiento de mi propia identidad, al verme ante el precipicio del trabajo o el acantilado del estudio.

A lo largo de mi corta existencia había tenido conmigo la certeza de que quería ser tal o cual cosa, pero cuando hube llegado a la meta me había inmerso en una anestecia tal, que la falta de escuela fue un golpe muy violento a mi sentido de la seguridad. Mi rutina estaba rota, y mi rutina había sido mi vida hasta ese entonces.

"No te preocupés, le pasa a todo el mundo", me susurraron las voces de conocidos, por todos lados. Por supuesto, atenuar el problema enunciando la generalidad no hacía más que tratar de disminuírlo; sin embargo, el problema seguía allí.

Papá era empleado en la compañía eléctrica que proporcionaba enmergía a todo el pueblo, y el dinero no escaseaba demasiado; mamá era empleada en la municipalidad. Cuando hubo entrado el año en marzo y yo no me decidiera por nada, ambos, en un extraño escapismo de amabilidad, me ofrecieron que me tomara el tan mencionado año sabático para que decidiera qué iba a hacer.
Tonto fue de mi parte caer en la aceptación de lo que, entonces, vi como una oferta increíble. Ese condenado año sabático fue un infierno, salvando algunas circunstancias, puesto que fue el latiguillo de azote del que se aferraron mis padres para poder continúar con lo que parecía haberse transformado en su hobby, es decir, la tortura tanto psicológica como física.



La evocación a que era un parásito por no hacer nada en todo el año fue regular. También las golpizas por salir sin decir a donde iba, o cualquier excusa que se les ocurriera.

El año sabático era una espada de doble filo. Si bien podía, cada tanto, tirarme a ver las estrellas y pensar, y sentir una relativa paz dentro mío, había en aquella existencia de contemplación algo que no cuadraba. Yo también me torturaba, pensando en todo lo que aquello podría significar, encerrado en el aburrimiento de la nada, en el tedio del vacío de una existencia totalmente regular, llena de nada y habitada por fantasmas de la rutina que yacía, hecha pedazos, detrás.

Por ese entonces falleció Gabriela, víctima de una enfermedad fulminante de la que sus padres jamás quisieron hablar demasiado. La muerte de Gabi fue un golpe directo a mi moral, y me volví todavía más instrospectivo y silencioso; si antes era alguien que no notabas hasta que te lo señalaban, ahora era un muchacho en la multitud, vacío de todo.

Escribía frenéticamente, como tratando de expiar alguna culpa innecesaria, y consumía cantidades de papel que antes no había ni soñado en hacer. Me urgía el hacer algo con todo aquello, como si estuviera dibujando capillas sixtinas en las nubes; un arte estéril por su futilidad y su cualidad de ser lo que verdaderamente eran: testimonios pasajeros, estados de ánimo trillados. La originalidad era una pepa de oro que no aparecía, pero la necesidad de hacer algo con todo aquello, de intentar quizás refinar mi arte, o de continúar con la labor de tantear el camino con aquellos escritos toscos se transformó en algo casi físico.



Hacia el final del año, comencé a considerar el irme de aquel lugar. No era la primera vez que lo consideraba; los relatos de viajes, mochileros y demás cuestiones siempre me habían atraído, pero me hacía el siguiente planteo: si ni siquiera podía levantar la mano para cubrir los golpes de mis padres, ¿como podría defenderme del gran lobo que era el mundo? Había sido siempre un sueño dulce, pero nada más que un sueño.

Sin embargo, el año sabático comenzaba a terminarse, las golpizas se atenuaban un poco y la necesidad, impuesta por el fantasma de Gabriela (creo que por ese entonces la tenía demasiado presente) se me venían a la cabeza todo el tiempo, todos los días, generando esa necesidad de irme y de encontrar, en algún otro lado y de alguna otra manera, lo que necesitaba. No sabía cómo, pero tenía la certeza de que esa casa, esas dos personas y ese pueblito, con todo lo que contenía, me habían ya dado lo suficiente, y no podía sacar más beneficio de ellos.

Comencé a prepararme para la salida hacia finales de enero. Hasta el fin de año, había estado un poco inquieto, pensando si podía plantearles la cuestión civilizadamente; pero se habían transformado en dos entes directivos, cuasi militares que esperaban las órdenes cumplidas.

No tardé demasiado en preparar mis cosas. El único bolso de la casa se llenó de pronto con mis ropas, toda la comida que pude encontrar, una carpa improvisada y toda clase de chucherías que por ese entonces me parecían importantes, además de unos cuantos cuadernillos y lapiceras para escribir. Tomé, también, unos cuantos retratos de aquellos padres, escribí una larga nota de despedida en la que pedía disculpas y agradecía todo lo que me habían dado, y me marché una madrugada, tres horas antes de que amaneciera, fresco, fuerte y jóven. Los paseos y las caminatas me habían entrenado, creía yo, lo suficiente como para poder cubrir la distancia suficiente como para que, cuando mis padres hicieran la denuncia por desaparición, la policía local ya no me pudiera encontrar.





Me detuve en una estación de servicio, hacia el final del pueblo, a comprar un poco de bebidas (había sustraído el fondo de papá, que contaba de unos cuantos centenares de pesos, por si acaso), tabaco y un mapa rutero que me ayudara a cubrir lo que deseaba.

Recuerdo que, en esa mañana de YPF y ruta, lo primero que me invadió cuando admiré la ruta y miraba las líneas rojas dibujadas en el mapa fue la total incertidumbre, la inseguridad y las ganas de regresar a casa.

Estuve un buen rato bebiendo agua y admirando la majestuosidad austera que la ruta de asfalto brindaba, rompiendo en dos el horizonte todavía estrellado, con el verde de los campos meciéndose al viento.

Los primero pasos fueron débiles, pero cobraron energía mientras el sol apremiaba con sudor el recorrido que hacía, en ese viaje que jamás sospeché podría hacer.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Breves Agradecimientos & Dedicaciones

Agradezco a todos los deviantartists que ceden su arte para ponerle un aditivo más a estas historias tontas.
Agradezco a Leela por la inspiración, a Lucía por la herramientas, a Paula por el ambiente color sepia (y las estadías prolongadas), a Juan por el surrealismo.

Este libro-historia está dedicada a Los Viajeros. Ellos sabrán porqué

El Ego estrellado entre los Bytes

Lo podrido de quedarse sin internet cuando sabés que del otro lado te están esperando cosas es, precisamente, el tener ese conocimiento podrido con vos. El saber, el tener la certeza de que aquello que vos buscás y esperás está del otro lado, sin dejar siquiera una ligera sombra de duda, te hace remarcar cada tecla del teclado, cada curva del mouse, cada píxel (aunque no los encuentres con el ojo, los ves con tu mente) del monitor.


El conocimiento es lo que te pudre lentamente. Como la manzana corrupta corrompe al cajón entero, la certeza, dura fruta magullada, trastorna y trastoca al cajón que somos.

Poco a poco, lo ves venir y lo vas viendo dentro tuyo. Comienza con un poco de molestia psíquica hacia el aparato que no te obedece. Le sucede una llovizna de insultos mentales hacia la empresa que te provee el servicio, mientras que nosotros mismos nos tranquilizamos pensando que ha de ser temporal.

Luego de un tiempo de reintentar, no te cabe la menor duda de que hay algo que anda mal ahí dentro. Suspirás pesadamente, mientras intentás hacer todo lo humanamente posible para que la conexión funcione. Recorrés todo el camino, desde lo más básico y troglodita (como comprobar que los cables están enchufados) hasta lo más complejo que tu mente, experiencia o ambas hayan llegado a conocer.

Finalmente, te desplomás, con una buena tensión en los músculos, frente a la fría certeza de lo que no querías que pase. Efectivamente, la máquina es máquina y no comprende, no computa tu calentura; también es relativamente fácil entender que la máquina no está fabricada para reconfortar a un usuario intranquilo, sino solo para informar.


Y es triste darse cuenta que aquellos que diseñaron la máquina no tuvieron en cuenta cuan perjudicial puede llegar a ser la información cruda, como mera notificación.

Claro, ríanse ahora. Cualquiera podría estar riéndose frente a esto, y lo comprendo. Pero solo aquellos que han pasado por el stress de no poder dilucidar la falla que nos separa de ese abismo virtual al que queremos acceder, podrían captar hacia donde voy. Y esto también supera la necesidad del estúpido usuario regular de internet (o los internautas, que hay millones), hasta para el “reparador de pc, ese chico gauchito”, o para un pequeño analista en sistemas que ha trabajado durante veinte años en el rubro.


Claro, toda profesión tiene la horma de sus zapatos, e inclusive los médicos se topan con enfermedades incurables. Inclusive esta decepción tiene más derecho a generar calentura, porque se trata de vidas humanas, y no de una mera maquinita.


Equivocado en parte, acertado en otra, quizás este apresurado juicio nos de la herramienta necesaria para poder llegar al quid de la cuestión.


Verán, quienes trabajan y se pelean con máquinas difieren en las otras profesiones en tres cosas: en el hecho de ser una creación humana hecha para y por el hombre, en el hecho de ser manejada por hombres y en la relación que entre creador y usuario existe.


Claro, un zapato o un auto son creaciones de y para el hombre, y son manejados por hombres. Pero carecen de la relación comunicativa, o la ilusión de aprehensión que el hombre crea cuando trata con una de estas máquinas.


Las máquinas tienen un arma que nosotros mismos les dimos, y es triste considerarlo así: si bien puede perdonarse el error humano del otro lado a la hora de que algún detalle se haya escapado en su diseño original, tampoco puede dejarse correr todo.


Y volvemos a la instatisfacción, ese déficit con que nos deja la máquina a la hora de solamente notificarnos de algo y no rebuscarlo con argumentos, consejos amistosos, palabras tranquilizadoras.


Porque esta espada de doble filo, que es el elemento humano, no cesa de cortar para ambos lados.

Claro, podemos jactarnos de tener máquinas más rápidas que el cerebro humano y demás estupideces huecas, pero cómo podemos pretender que un producto del hombre alcance la perfección, el autoabastecimiento y la plenitud, si su propio hacedor es imperfecto?


Sigamos estrellando nuestro ego cada vez que la actividad regular sea truncada por algún motivo fuera de la curricula.


Arrivederchi





Nota: esta entrada fue escrita tras una fuga de Arnet. Se desconocen las circunstancias en que el servicio logró el escape de sus custodios, y aún al momento de la conclusión, se desconoce su paradero.

martes, 27 de octubre de 2009

Las Profesiones Perdidas: Prólogo

Intento de Prólogo a las Historias de Profesiones Perdidas /




Las Profesiones Perdidas son una Quimera no tan irreal, o una utopía demasiado tangible como para dejarlas ir sin nada, sin siquiera una palabra escrita, una palabra dedicada.
Todo esto cruza mi cabeza hoy, noviembre del año 2009, como la viene cruzando desde hace un par de meses atrás, cuando vi por primera vez la semilla que germinaría en mi cabeza para traer estas crónicas de un viaje absurdo en un país absurdo, rodeado de figuras no tan absurdas. El propio protagonista quisiera verse a si mismo en aquellos profesionales oxidados y hastiados de si mismos, tanto como del marco que los expulsa.

Son muchas las reminiscencias que pueden haber provocado en mi la creación de Las Profesiones Perdidas. De alguna manera, creo que siempre estuvo entre ustedes, lectores comunes, y yo, el mero narrador, este asunto entre manos. Solo que, como muchas de las cosas que nos rodean, terminan por naturalizarse tanto en nuestra visión, nuestras palabras y nuestros sentidos, que van perdiendo poco a poco esa magia única que tiene cada cosa que nos acompaña en nuestra existencia.

Probablemente el germen de esta historia se haya plantado una tarde de invierno, entre mate y mate, viendo pasar un viejo afilador de cuchillos. Hacía muchísimo que no veía pasar un afilador que, con su característico silbido, recorría los hogares de antes (ya en la época en que nací los afiladores eran un recuerdo) dejando virutas de metal y monedas entre una sonrisa, una conversación y un pedaleo. Entonces me hice el planteo propio de comenzar a mirar hacia atrás, al pasado, y ver cuantos como ese profesional se habían hundido, tiempo atrás, en las sombras de un recuerdo para nada bueno.

Tristeza y nostalgia es lo que se siente cuando uno rescata cosas del polvo del pasado, y cierto sentido de pertenencia al saber que la misma sangre que corre por tus venas latió en un corazón antecesor, mientras lustraba zapatos o alimentaba calderas a puro sudor, músculo y mugre. Solo que hay muchas de esas cosas que no vemos a la primera mirada, y mis Profesiones Perdidas, fuera de estar cerca de los ojos de la mayoría, son de esos destellos mentales que si bien están, pocas veces son vistos.

Hay otra cuestión en esta historia, y es la del protagonista. Pues no solamente hay en él una necesidad imperiosa de conocer y recorrer, sino también de encontrarse, en los otros, a si mismo. Lo extraño y lo curioso de la cuestión es qué caminos tan retorcidos decide recorrer antes de arribar a una conclusión más o menos coherente. Pero voy a dejar de spoilear detalles porque, realmente, esto, fuera de ser un prólogo, se transformó en un texto de contratapa.

Esta historia está dedicada a los Profesionales Perdidos. Asímismo, está dedicada a aquellos que buscan en las Profesiones ajenas algo que les deje aferrar un poco de si mismos.

Espero que disfruten de su lectura tanto como yo disfruto escribiéndola, y que algo de todas estas palabras logre hacer eco en alguno de ustedes.